Marty Supremo no es solo una película que ves: es una de esas experiencias que, sin darte cuenta, te atrapan por completo. De esas que empiezan y, cuando reaccionas, ya llevas un buen rato sin parpadear, sin acomodarte en el asiento, sin pensar en el celular o en el mundo exterior. Hubo un punto en el que dejé de sentir la sala de cine, dejé de escuchar a la gente alrededor, y solo estaba ahí, siguiendo cada gesto, cada decisión y cada error de Marty, completamente absorbido por la historia.
Antes de continuar, quiero agradecer a Diamond Films México por la invitación a la función especial de esta película para la realización de esta reseña.
La dirección de Josh Safdie tiene mucho que ver con eso. Todo se siente acelerado, crudo, casi asfixiante, como si la película no te diera espacio para respirar. La cámara, el ritmo y el sonido están diseñados para mantenerte en un estado constante de alerta, y eso provoca algo muy especial: no estás viendo a Marty desde afuera, estás viviendo con él su obsesión, su ansiedad y sus ganas desesperadas de demostrar que vale algo.
Timothée Chalamet se entrega por completo al personaje. Marty Mauser no es carismático en el sentido tradicional, no busca caerte bien, pero es imposible apartar la mirada de él. Es impulsivo, egoísta, torpe emocionalmente y muchas veces su peor enemigo, pero ahí está la magia: se siente real. Hay momentos en los que incomoda, otros en los que desespera, y varios en los que duele verlo tomar decisiones que sabes que no van a terminar bien. Y aun así, sigues ahí, queriendo que lo logre, aunque no sepas exactamente qué significa “lograrlo”.
El tenis de mesa funciona como el punto de partida, pero la película va mucho más allá de un deporte. Es una historia sobre obsesionarte con algo que nadie más valora, sobre apostar todo a una idea que para el resto del mundo parece absurda. En ese sentido, Marty Supremo conecta a un nivel muy personal, porque todos hemos tenido —o seguimos teniendo— ese sueño raro, ese objetivo que no siempre podemos explicar, pero que sentimos como una necesidad.
Hubo escenas que me hicieron pensar en cuántas veces uno se ha aferrado a algo solo para sentirse visto, reconocido, para probarse a sí mismo que no está desperdiciando su tiempo. La película no romantiza del todo esa obsesión; muestra el desgaste, las relaciones que se rompen, las consecuencias de vivir siempre al límite. Y eso la vuelve todavía más honesta.
Visualmente es intensa, caótica, ruidosa por momentos, pero nunca pierde el rumbo. Todo está puesto al servicio de esa sensación de urgencia constante. El elenco que acompaña a Chalamet suma capas a este viaje emocional, empujando a Marty hacia adelante o hundiéndolo todavía más, como suele pasar en la vida real.
Cuando terminó la película, me quedé unos segundos sentado, como si necesitara volver a aterrizar. Esa es la señal más clara de que algo funcionó: cuando el cine logra hacerte olvidar dónde estás y, al mismo tiempo, te deja pensando incluso después de que se encienden las luces.
Marty Supremo no es cómoda ni busca agradar. Es una película que se siente viva, que te exige atención y que te recompensa con una experiencia intensa y muy humana. No te da respuestas fáciles, pero sí te deja con una sensación difícil de sacudir: la de haber visto a alguien perseguir su obsesión hasta las últimas consecuencias, y reconocer, aunque sea un poco, algo de ti en ese caos.
Es de esas películas que no solo se ven, se viven. Y cuando eso pasa, el cine vuelve a demostrar por qué sigue siendo tan poderoso.
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