Siempre he pensado que una buena película te deja con una sensación de permanencia: una idea, una emoción, algo que se queda contigo después de finalizada la función. La Empleada me ha dejado esa sensación mucho más tiempo del que esperaba, provocándome dudas enormes: ¿esta película me encantó o es un desastre?, ¿sus personajes me fascinaron o realmente están pésimamente escritos?, y más importante aún, ¿son malos personajes o son mis propios sesgos los que me hacen notar con mayor fuerza esos errores?
Este texto nace de ese conflicto. De la sensación de estar dividido entre el “esto no funciona” y el “tal vez no estoy mirando desde la perspectiva correcta”. La empleada tiene fallas claras, estructurales, incluso torpes; pero también tiene ideas, momentos y personajes que apuntan a algo más interesante de lo que termina siendo. Así que creo que tendrán que acompañarme a descubrir hasta qué punto ese quiebre ocurre en la pantalla… y hasta qué punto ocurre en mí.
Antes de continuar, quiero agradecer a Corazón Films por la invitación a la función especial de esta película para la realización de esta reseña.
La Empleada se presenta como un thriller psicológico doméstico que promete drama e incomodidad, pero también una historia ambiciosa y una crítica a las dinámicas de poder dentro de la familia y la pareja, envueltas en una narrativa que atrapa con facilidad.
La historia nos presenta a Millie, interpretada por Sydney Sweeney, una chica joven que, tras un pasado difícil, encuentra la oportunidad de rehacer su vida al ser contratada como empleada doméstica para la familia Winchester: una familia que en apariencia es perfecta, pero que en el fondo vive una dinámica llena de secretos, mentiras y verdades incómodas que pondrán a Millie frente a una realidad de la que podría no salir ilesa.
Todo esto funciona en términos de tensión, actuaciones y ciertos momentos de lucidez narrativa. Sin embargo, mi experiencia fue irregular, porque hay aspectos que rompen con las propias leyes que la historia plantea, y otros que resultan demasiado convenientes.
La película establece un universo de realismo psicológico: silencios cargados, relaciones asimétricas y violencia contenida. Bajo estas reglas, se espera coherencia causal y emocional. El problema surge cuando el guion introduce conveniencias que no nacen del mundo narrativo, sino de la necesidad de dirigir la empatía del espectador hacia un punto específico.
Esto es algo que sucede en muchas obras: las conveniencias narrativas suelen ser necesarias para permitir el avance de la trama. Sin embargo, en esta película, dichas conveniencias chocan directamente con el mundo planteado, uno ambiguo, difícil de descifrar, con reglas morales que se mueven en los grises. Aun así, hay un personaje que parece estar protegido de esa ambigüedad que sí rige al resto, y eso rompe la credibilidad de la historia.
Para analizar estas fallas, hay que ir por partes. Quiero aclarar que a partir de este punto romperé mi regla de no spoilers para estas reseñas, así que, si deseas continuar, aquí llega la alerta de spoilers.
Millie: demasiado pura para el universo que habita
Millie es construida como una protagonista prácticamente irreprochable: bondadosa, empática y con una vida complicada, pero siempre debido a circunstancias externas. La película no deja de insistirnos en ello.
Mientras veía la película, no dejaba de cuestionarme si esto era cosa mía o si realmente había un fallo en la forma en que el guion construye al personaje. No estamos ajenos a personajes perfectos en la ficción: incorruptibles, de corazón puro, cuyas dificultades surgen porque las injusticias del mundo ponen a prueba su bondad. Y tratándose de una película tan girl revenge, incluso llegué a preguntarme si solo estaba notando esto porque la película era demasiado “de chava” para mí, o si reaccionaría igual ante un personaje masculino similar.
Sin embargo, la propia película me ayudó a romper esas ideas al cometer uno de los errores más comunes (y dañinos) del cine: sobreexplicar a sus personajes en lugar de permitir que la historia los muestre. El guion se empeña en reforzar la bondad de Millie con detalles innecesarios, como la insistencia en su castidad o su absoluta rectitud moral, convirtiéndola en una figura más cercana a una Virgen que a una persona.
Esta decisión debilita al personaje. No porque una mujer no pueda ser buena, sino porque la historia no le permite fallar. Al eliminar errores pasados, deseos incómodos o contradicciones, el guion convierte a Millie en un santuario moral, dejándola blindada de toda la ambigüedad moral que la película sí presenta en otros personajes.
Nina: no es la protagonista, pero definitivamente debió serlo
Por otro lado, tenemos al personaje de Nina, interpretado por Amanda Seyfried, quien, a pesar de no ser la protagonista, es paradójicamente el núcleo moral más sólido de la película. Es un personaje moralmente ambiguo que actúa de manera cruel y manipuladora contra Millie, pero lo hace desde un lugar comprensible: la supervivencia propia y la de su hija.
A diferencia de Millie, Nina no es una santa. Tiene sus propios motivos y actúa de manera egoísta. Sus decisiones no son limpias, y la película no las absuelve del todo. Cuando inicia el tercer acto, Nina se enfrenta a las consecuencias de sus decisiones anteriores, y su desarrollo vuelve coherente cada una de sus acciones.
Nina no funciona como símbolo ni como discurso: funciona como una persona atrapada en una estructura violenta.
Andrew, el verdadero villano de la película
Andrew, interpretado por Brandon Sklenar, es el esposo de Nina y un villano eficaz porque su maldad no nace de la brutalidad inmediata, sino de la credibilidad social. Atractivo, exitoso, guapo, “un ángel”: un hombre perfecto cuyo poder proviene de encajar perfectamente en lo que el sistema premia —estatus, belleza y estructura—.
Sin embargo, su control es frágil y profundamente infantil. No domina porque sea fuerte, sino porque necesita mantener la imagen. Su cuerpo cuidado, su éxito heredado y su familia perfecta forman parte de una escenografía que se desmorona cuando es confrontada.
En el enfrentamiento final, Nina le lanza un diálogo que resume toda la trama: expone que su éxito no es mérito propio, sino privilegio heredado de su padre; que su familia es una farsa y que su vida entera no es más que una interpretación. Uno de los mayores aciertos de la película es su arco como villano. Andrew no solo engaña a la sociedad y a Millie: nos engaña a nosotros como espectadores. Su derrota no es física, sino simbólica: romper el mito que lo sostenía. Al final, se revela como lo que siempre fue: un niño caprichoso con poder adulto.
Uno de los puntos más problemáticos del mundo de la película es la repetición excesiva de un mismo patrón masculino. No porque ese comportamiento no exista, sino porque su constancia absoluta elimina la variación humana.
Andrew funciona precisamente porque, aunque su comportamiento no es imposible, representa la inquietante posibilidad de que un monstruo pueda existir en cualquier lugar. Eso lo vuelve coherente y aterrador.
Sin embargo, llega un punto en el que la película insiste en mostrarnos que su comportamiento no es una excepción, sino una característica compartida por muchos otros hombres dentro de su universo. Algo tan común que incluso deja abierta la posibilidad de que Millie se dedique a enfrentar a este tipo de personas de manera constante.
Esto hace que el mal deje de ser inquietante y se vuelva predecible. El mundo pierde textura. La crítica social que la película construyó durante gran parte de su metraje se diluye y termina convirtiéndose en caricatura.
Conclusión
La empleada no es una mala película. Brilla durante buena parte de su duración, pero en algún punto derriba la excelente construcción que había logrado. Estas fallas no recaen en el director ni en las actuaciones —que son realmente destacables—. Amanda Seyfried y Sydney Sweeney ofrecen interpretaciones sólidas que logran destacar incluso a pesar de lo que el guion les impone.
Porque ese es el verdadero enemigo de esta película: un guion que no se arriesgó lo suficiente.
La película brilla cuando respeta la coherencia de su mundo y se debilita cuando sacrifica complejidad por comodidad. Aun así, en sus mejores momentos demuestra que tenía el potencial de convertirse en una historia mucho más incómoda, honesta y memorable.
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