Debo confesar que a pesar de mi edad, el nombre “Avándaro” siempre me llegó como un eco lejano, un mito contado en susurros. Un “Woodstock mexicano” sepultado por el gobierno, la represión y el olvido forzado. Por eso, la premisa de “Autos, Mota y Rocanrol” —un falso documental sobre el caótico festival— me pareció genial. La cinta, protagonizada por Emiliano Zurita y Alejandro Speitzer, intenta capturar la esencia de un momento que cambió la contracultura en México para siempre. Y, aunque en lo técnico y conceptual acierta de lleno, se queda a medio camino en la ejecución, dejándome, como a ellos, con sentimientos encontrados.
La película nos presenta a Justino Compeán (Zurita) y Eduardo “El Negro” López Negrete (Speitzer), dos entusiastas de los autos cuyo sueño es revivir las carreras en México. Su plan maestro: organizar un evento en Avándaro, Estado de México, que combine la velocidad con un pequeño concierto de rock para “jalar a la chaviza”. Lo que empieza como una idea sencilla se convierte, por una serie de casualidades y el fervor de una generación hambrienta de libertad, en el festival de rock más grande y revolucionario que el país haya visto, desatando la ira de un gobierno que aún sangraba por la herida del 68 y el Halconazo.
El mayor acierto de la cinta es, sin duda, su formato de falso documental. La decisión de contarla así es brillante. Le da una vitalidad, un ritmo ágil y una sensación de inmediatez que un drama histórico convencional nunca hubiera logrado. Los directos a cámara, las “entrevistas” y la mezcla con material de archivo real crean una ilusión tan convincente que a veces olvidas que estás viendo una recreación. El director, José Manuel Cravioto, y su equipo de producción merecen todos los elogios por la ambientación impecable. Los vestuarios, los coches, el pelo, las locaciones… todo transporta al México de inicios de los 70 con una fidelidad que es un deleite visual.
La banda sonora es un viaje en el tiempo y el núcleo emocional de la película.
Sin embargo, y aquí viene el “pero” que no puedo evitar, las actuaciones son el talón de Aquiles. Si bien Zurita y Speitzer son carismáticos y se les ve divertidos, sus interpretaciones a menudo cruzan la línea de lo orgánico para convertirse en caricaturas o imitaciones de personalidades. Les falta el peso dramático para sostener los momentos más serios, esos donde la sombra de la represión gubernamental se cierne sobre su inocente festival. Esta falta de solidez actoral rompe la magia que tanto trabajo costó construir en lo técnico. Es como si el falso documental exigiera una verosimilitud que las interpretaciones no siempre pueden entregar.
La película es entretenida, sí. Divertida, también. Y es infinitamente preferible a la comedia fácil que suele inundar la cartelera nacional. Es un proyecto ambicioso, con corazón y con algo importante que decir. Logra capturar la energía efervescente de una juventud que quería gritar, pero se le atora un poco en mostrar el miedo y la presión que vivieron aquellos jóvenes. El clímax del festival es caótico y vibrante, pero la consecuencia política y social se siente un poco apresurada.
En conclusión, “Autos, Mota y Rocanrol” es una apuesta valiosa y bienintencionada que merece ser vista. Es un pedazo de historia contado con un pulso moderno y audaz. ¿Es una obra maestra? No. Pero es un recordatorio vital de un momento crucial en nuestra historia cultural. Si puedes mirar más allá de sus actuaciones irregulares, encontrarás una película llena oficio, cariño y, sobre todo, mucho, mucho rock and roll.
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