Antes que nada, gracias a Zima Entertainment por habernos invitado a la función de prensa.
Psicópata: El asesino del conejo blanco, dirigida por J. Xavier Velasco y escrita por Fernando Barreda Luna, me dejó pensando en Heavy Rain desde los primeros minutos. No es solo por el origami como firma macabra (ese conejo blanco que aparece junto a las víctimas y que seguro ya vieron en los posters en el cine), sino por la forma en que la película construye un rompecabezas emocional donde las pistas físicas y las heridas internas se entrelazan hasta volverse indistinguibles. Al igual que en el juego, aquí las pistas de papel funcionan como un hilo conductor que obliga a los investigadores y al público a leer símbolos, intenciones y obsesiones, no solo huellas dactilares.
Otra semejanza clara con Heavy Rain es el retrato de los personajes: no son héroes de manual, sino personas quebradas que cargan con traumas que condicionan cada decisión. Nora y Éder recuerdan a esos protagonistas de aventuras interactivas porque sus problemas personales (el trastorno de identidad disociativa de ella, la enfermedad renal de él) no son meros aderezos; moldean la investigación, limitan opciones y generan dilemas morales. En ambos casos, la narrativa pone el foco en cómo las debilidades humanas afectan el curso de la búsqueda, y en cómo la empatía hacia los personajes se vuelve parte del juego.
La película también comparte con Heavy Rain esa sensación de “toma de decisiones” emocional, aunque aquí no haya un control directo del espectador. Me explico: muchas escenas funcionan como bifurcaciones dramáticas donde una mirada, una omisión o una revelación cambian la lectura del caso. El espectador termina armando hipótesis y el film lo deja participar, no con botones, sino con silencios y símbolos. Esa dinámica de armar el rompecabezas junto a los detectives es muy heavy‑rainiana en espíritu.
En lo visual y simbólico hay ecos evidentes: el origami como firma, la obsesión por un objeto que trasciende su materialidad, y la presencia de rituales o cultos que funcionan como telón de fondo para la psicopatía. En Heavy Rain la figura del Origami Killer era más que un asesino: era un enigma que obligaba a mirar la vida íntima de los personajes. Aquí el conejo blanco cumple la misma función: es pista, firma y espejo de la mente del asesino.
También hay paralelismos en la manera de dosificar la información. Tanto el juego como la película juegan con la paciencia del público: revelan poco, provocan frustración, y luego sueltan piezas que obligan a rearmar todo. Esa estrategia funciona cuando cada pista suma y cuando las motivaciones quedan claras; en Psicópata hay momentos en que algunas líneas argumentales se quedan enunciadas y no se exploran del todo, pero cuando la película acierta, la sensación de estar resolviendo algo junto a Nora y Éder es muy satisfactoria.
Finalmente, el tono moral y la ambigüedad ética remiten a Heavy Rain: no hay respuestas limpias ni justicia perfecta. Los personajes toman decisiones cuestionables, se equivocan y pagan por ello, y el espectador queda con la tarea de juzgar o comprender. Esa ambivalencia es lo que hace que ambos relatos, tanto el interactivo y este thriller mexicano, se queden pegados en la cabeza después de salir de la sala.
En resumen, Psicópata: El asesino del conejo blanco no solo recuerda a Heavy Rain por el origami y los detectives rotos; comparte con el juego la estructura emocional, la apuesta simbólica y la invitación a que el público arme el rompecabezas. Es un thriller que, pese a algunos cabos sueltos, merece la pena por su ambición y por atreverse a explorar la psicología del crimen desde la vulnerabilidad de sus protagonistas.
Disfrútala en cinépolis a partir de este Jueves 19 de Marzo.
