Hay experiencias que solo el teatro puede darte. Esa sensación de entrar a una sala y sentir que la ficción está presente contigo, es algo que solo el teatro te brinda, es un acuerdo entre los actores y los espectadores de convivir en un espacio que aceptamos como un bosque, un reino distinto, una mansión, cualquier cosa que la puesta en escena quiera representar. Y donde depende el escenario y sobre todo de cuerpos, voces y sincronía humana tanto de los que están frente al público como quienes trabajan tras el escenario. Para mí, esa es la magia del teatro: es un riesgo compartido entre quienes actúan y quienes miramos. Y justo por eso, cuando una obra decide jugar con esa idea, explotarla, voltearla y reírse de sí misma… el resultado puede ser gloriosamente caótico.
Qué desastre de función, adaptación mexicana de la legendaria Noises Off, es precisamente eso: un homenaje al teatro, pero también un acto de comedia perfectamente elaborado, pero tan físicamente exigente, tan absurdamente preciso y tan ingeniosamente estructurado, que sales del lugar preguntándote cómo demonios lograron montar semejante locura de una manera tan espectacular.
Antes de continuar, quisiera agradecer a IQ Icunacury Acosta & Co por la invitación a la función de medios de Qué desastre de función
Esta obra trata de un grupo de actores intentando montar una producción teatral mediocre sobre una mansión, unos evasores fiscales, una pareja, unas sardinas y un ladrón. Pero abajo de esa trama simple vive el verdadero corazón del espectáculo: los conflictos personales de los actores, sus enredos románticos, su torpeza emocional y los egos que chocan mientras intentan mantener a flote algo que claramente se está hundiendo.
La comedia está en ver cómo la obra dentro de la obra se deshace poco a poco, mientras la función real intenta mantenerse en pie.
Y creo que pocas veces he visto una pieza que use el metateatro con tanta precisión. Aquí no solo vemos una obra: vemos dos, simultáneas, chocando, filtrándose la una en la otra. Ver a actores interpretando actores interpretando personajes es, por sí mismo, un espectáculo.
La primera capa están los actores de la ficción, tiene sus propias motivaciones, sus propias relaciones y su propia personalidad
En la segunda capa, los personajes que representan en la obra dentro de la obra.
El brillo está en cómo cada intérprete logra separar ambas con tanta claridad. Ahí entendí algo: actuar ya es difícil; actuar doble debe ser el doble de difícil; actuar doble mientras todo se cae a pedazos debe ser reto que solo alguien con un talento bestial puede ejecutar.
Lo que más me impresionó no fueron solo las caídas, o los tropiezos, los momentos divertidos interpretados de manera tan espectacular, aunque son brutales de lo bien ejecutados, sino la finísima línea que pisan los actores entre ser sutiles y exagerados.
El “actor” dentro de la ficción tiene una personalidad.
El “personaje” que interpreta ese actor tiene otra completamente distinta.
Y ambos deben convivir y chocar sin que tu cerebro se confunda.
Que el público pueda distinguir ambas interpretaciones es un mérito total del reparto. Es talento puro y un entendimiento profundo del los personajes y el ritmo de la comedia física y verbal.
Pero incluso con todo el talento hay en esta obra, hay otro factor que muestra la genialidad del montaje, ¡el escenario gira! Literalmente. Pasamos de ver la obra como la vería el público ficticio a ver lo que ocurre detrás del escenario dentro de la obra.
Y ahí, amigo, comienza la verdadera locura.
Gente entrando y saliendo, señales fallidas, confusiones, amores secretos revelándose a golpes sordos (por que no puedes gritar mientras a obra está ocurriendo al frente) , actores intentando no arruinar la función mientras sus vidas se derrumban en silencio. Todo es precisión, coreografía, y comedia llevada al extremo.
Se los juro: no recuerdo la última vez que me reí tanto. Es una obra donde cada desastre está montado con exactitud.
Salí del teatro con una satisfacción enorme por haber pasado un verdadero buen momento, pero también salí pensando en lo brutalmente complicado que es construir una obra así: los tiempos, la escenografía móvil, la sincronización y el talento de un grupo de autores dándolo todo por que nosotros como espectadores veamos una de las mejores comedias jamás hechas.
Aquí es donde el teatro nos dice porque una época donde la tecnología, el CGI, donde la realidad es casi indistinguible de un video realizado por inteligencia artificial, sigue tan vivo. Porque aquí no hay CGI que esconda errores. Y justo por eso ver a un elenco dominar el caos con esa maestría se siente como la magia de teatro vive en cada momento.
Qué desastre de función no solo es una comedia impecable: es un recordatorio de todo lo que está bien en el oficio teatral, mostrando como hacer bien algo, a pesar de los riesgos de que todo pueda salir mal.
Si amas el teatro, si amas reír, si amas ver cómo una historia se desmonta mientras otra se sostiene por puro milagro, esta obra te va a fascinar.
Es ingeniosa, divertida y técnicamente impresionante. Una prueba viviente de que el teatro sigue y seguirá siendo uno de los medios artísticos mas puros y hermosos que pueden existir.
