Destacar en la vida no es fácil. Cumplir con las expectativas de la familia, la sociedad o incluso las propias es todo un reto que, si no sabemos gestionar, puede derivar en problemas mentales o en decisiones que terminan llevándonos por un camino que nos aleja aún más de lo que deseamos. Mente maestra, de Kelly Reichardt, nos lleva en un viaje sin retorno hacia el abismo al que puede caer alguien por ambición.
Antes de continuar, quisiera agradecer a MUBI por la invitación a Frames a la función y al pequeño concierto de jazz que se llevó a cabo en la Cineteca Nacional.
Mooney se encuentra en una mala racha. Después de varios proyectos fallidos y de quedarse desempleado, vuelve a pedir ayuda a su madre, quien ya está cansada de ver cómo su hijo no logra consolidar una carrera exitosa. En el ámbito familiar, apenas presta atención a sus hijos, y es su esposa quien termina haciéndose cargo de todos los asuntos del hogar.
Mooney, en su último gran plan —y después de un “exhaustivo” y “cuidadoso” trabajo de preparación junto con dos de sus compañeros— decide robar varias pinturas de un museo. Con este “gran” robo, espera darle estabilidad financiera a su familia y dejar de ser percibido como un fracaso.
The Mastermind o Mente maestra narra la crónica de un asalto a un museo de arte que, poco a poco, termina destruyendo la vida de quien lo planeó. Un crimen que fue todo menos perfecto y que, prácticamente, no benefició a nadie.Una historia con algunos momentos dramáticos y otros intencionadamente cómicos pero que en líneas generales genera poco impacto emocional.
Lo que logra perfectamente Mente maestra es ofrecernos un largometraje que no solo parece sacado de la década de los 70: su vestuario, peinados y ambientación hacen que el espectador realmente sienta que la película fue realizada hace más de 50 años. La fotografía da el toque final que la hace destacar, sumado al ritmo clásico de esa época. Lo único que le faltaba eran micrófonos y cámaras de peor calidad para hacerlo totalmente creíble. La musicalización de jazz complementa la ambientación aunque no es del todo perfecta, suele haber momentos donde no quedaba del todo con el ritmo general de la escena y otros donde se echaba en falta.
Lo más probable es que al final quedes con la sensación de tener todas las piezas… pero sin saber cómo encajan. El robo termina siendo solo una excusa para mostrar la situación tan miserable en la que se encuentra el protagonista. Aun así, muchos de los sucesos simplemente avanzan sin una conexión clara, y el espectador podría no lograr unir las piezas, a pesar del ritmo tan pausado que lleva la película.
Recomiendo que vayas con las expectativas bien medidas. No es un relato emocional que te haga empatizar con los personajes, ni una colección de escenas de acción que acompañen “el robo del siglo”. Es un recordatorio de lo mundano que puede ser la vida de alguien que busca la salida fácil al triunfo, pero que carece de la inteligencia para llevar a cabo su plan o incluso sostener su propia vida.
