Agradecemos a Buena Vista International por la invitación a la función de prensa de Un mal partido, dirigida por Salvador Espinosa.
Hay películas a las que uno les pide muy poco: pasar un buen rato, conectar con sus personajes y, si se anuncian como comedias, reírse. Llegué a Un mal partido con esa disposición. No esperaba que reinventara el género, pero sí que encontrara algo divertido que hacer con una premisa conocida. Aun con esas expectativas, terminó quedándome a deber.
La historia sigue a Guillermo, un padre sobreprotector que está por cumplir 50 años y debe lidiar con algo que le cuesta bastante aceptar: su hija Mía ha crecido y tiene novio. La llegada de Martín y un viaje familiar ponen la mesa para una sucesión de conflictos, celos y situaciones incómodas. Desde ese punto es bastante fácil imaginar hacia dónde irá todo. Lo decepcionante es que el recorrido tampoco ofrece demasiadas razones para interesarse.
Una comedia puede ser predecible y funcionar gracias a sus diálogos, al ritmo o a la química de su elenco. Aquí, esos elementos rara vez se encuentran. Los enredos se acumulan, pero la película parece confiar en que una situación incómoda será graciosa por sí sola. Falta construir el chiste, encontrar un buen remate y saber cuándo dejarlo descansar. La insistencia termina ocupando el lugar del ingenio.
El problema también está en Guillermo. Un protagonista controlador y lleno de defectos podría ser un buen punto de partida para la comedia, siempre que exista algo interesante en la manera de exhibir sus contradicciones. Sin embargo, pasar tanto tiempo acompañando sus celos y desplantes resulta más cansado que divertido. Entender que le cuesta aceptar la independencia de su hija no basta para involucrarnos emocionalmente con él.
Y aquí tengo que decirlo: Mauricio Ochmann me cae bien, pero esa simpatía no se traduce en una actuación convincente. En esta película, sus reacciones exageradas terminan imponiéndose sobre cualquier matiz que pudiera tener el personaje. Guillermo necesita resultar cómico incluso cuando es insoportable; demasiadas veces se queda únicamente en lo segundo.
Loreto Peralta tampoco consigue darle suficiente naturalidad a Mía. Su interpretación se siente rígida, y los intercambios entre padre e hija no construyen la cercanía que necesita el conflicto. La película nos pide creer en una relación familiar entrañable, pero le cuesta hacerla sentir auténtica. Con ese vínculo tan poco sólido, los momentos sentimentales pierden fuerza antes de llegar.
Lo más frustrante es que sí había material para trabajar: el miedo a envejecer, la dificultad de reconocer a los hijos como adultos y los prejuicios con los que juzgamos a sus parejas. Son temas que podrían producir humor y una reflexión cercana. Un mal partido los utiliza de manera superficial y se encamina hacia una lección demasiado evidente, sin desarrollar con suficiente cuidado el proceso que debería darle peso.
El resultado transmite una sensación de conformismo creativo. Tenemos caras conocidas, conflictos familiares reconocibles y un mensaje fácil de digerir, pero muy poca personalidad. No hace falta conocer su presupuesto para señalarlo: lo que se queda corto es lo que propone con sus personajes y su historia.
Y eso también da coraje por lo que representa para la percepción de nuestro cine. En México sí se hacen buenas películas y también hay joyas como Loco México Mágico que merecen una oportunidad. Hay propuestas con personalidad que nos recuerdan por qué vale la pena acercarnos a las producciones nacionales. Pero cuando una comedia como esta vuelve a ofrecer las mismas fórmulas gastadas, es fácil que refuerce el prejuicio de que “todo el cine mexicano es una porquería”.
Ese prejuicio termina castigando también a películas que no lo merecen. Quien sale decepcionado y decide no volver a pagar un boleto por una producción mexicana puede perderse algo valioso la próxima vez. Por eso preocupa que este tipo de comedias se convierta, para una parte del público, en la imagen de toda una cinematografía. Nuestro cine tiene mucho más que ofrecer.
Me cuesta recomendar Un mal partido. Como comedia me resultó poco graciosa; como historia familiar, poco convincente. Su mayor problema es lo poco que hace para distinguirse entre tantas películas construidas con la misma fórmula.
Al cine mexicano también se le puede exigir una comedia ligera bien escrita, bien actuada y capaz de entretener. Hay talento y hay películas que lo demuestran. Esta vez, reconocer a los protagonistas del cartel fue bastante más fácil que encontrar una razón para recomendar la película.
