Cine Reviews | Mary y Max

Hay películas que te hacen reír y, cuando menos te das cuenta, ya te dejaron un nudo en la garganta. Mary y Max, del director Adam Elliot, tiene esa capacidad. Sus personajes pueden parecer extraños al principio, con sus rostros de plastilina y sus costumbres tan particulares, pero basta conocerlos un poquito para encontrar algo de nosotros en ellos. A veces es una inseguridad; otras, esa necesidad de tener a alguien con quien hablar sin sentir que tenemos que justificar todo lo que somos.

Antes de continuar, agradecemos a Cine Caníbal por la invitación que hizo llegar a la redacción de Frames para disfrutar esta película. En mi caso, la vi con doblaje latinoamericano, y desde aquí quiero adelantar algo: lo disfruté muchísimo. Más adelante hablaré de sus voces, porque hay bastante que decir sobre un trabajo que merece escucharse más allá de la polémica alrededor de su elenco.

 

La historia comienza en 1972. Mary tiene ocho años, vive en Australia y carga con preguntas que los adultos a su alrededor no parecen dispuestos a responder. En la escuela se burlan de ella y, en casa, tampoco encuentra mucha compañía: su madre tiene problemas con el alcohol y su padre está físicamente presente, pero emocionalmente muy lejos.

Del otro lado del mundo está Max, un hombre de 44 años que vive solo en Nueva York. Sus rutinas, sus gustos y su manera de entender a los demás lo mantienen bastante apartado de quienes lo rodean. Una carta de Mary termina conectando estas dos vidas que, sobre el papel, parecen tener muy poco en común.

Lo que empieza como una pregunta de una niña se convierte en una amistad por correspondencia. Y ahí está el corazón de la película: en la emoción de recibir una respuesta, en encontrar a alguien que te escuche y en descubrir que una persona a miles de kilómetros puede hacerte sentir más acompañado que quienes tienes cerca.

Me gustó mucho que su relación tenga espacio para crecer y también para equivocarse. Mary y Max se quieren, pero eso no significa que siempre sepan cómo tratarse. Hay preguntas difíciles, silencios y malentendidos. La película entiende que incluso una amistad muy valiosa necesita paciencia, y que las buenas intenciones no siempre nos libran de lastimar a alguien.

Te ríes, pero también duele

Que no nos engañe la animación: Mary y Max es una película dirigida a un público adulto. Habla del alcoholismo, el abandono, el acoso y la depresión con una franqueza que por momentos pesa bastante. Lo interesante es cómo consigue hacerlo sin perder el humor ni convertir a sus protagonistas en una colección de desgracias.

Buena parte de ese equilibrio viene de la perspectiva de Mary. Una niña puede darse cuenta de que algo anda mal sin tener todavía las palabras para explicarlo. Las maneras en que describe a los adultos pueden resultar graciosas, pero detrás de esa inocencia hay situaciones muy tristes. Elliot aprovecha esa distancia entre lo que ella entiende y lo que nosotros alcanzamos a ver.

El alcoholismo de su madre, por ejemplo, no se queda en una característica excéntrica del personaje. Sus consecuencias se sienten en la casa, en la atención que Mary necesita y en la forma en que aprende a relacionarse. La película permite reconocer ese daño sin detenerse a darnos un discurso cada vez que aparece.

Con Max sucede algo parecido. Sus recetas disparatadas y ciertas costumbres dan pie a momentos muy divertidos, pero también nos permiten acercarnos a su soledad. Conforme lo conocemos, dejamos de ver únicamente sus rarezas y empezamos a entender cuánto significan para él las pequeñas cosas que le dan tranquilidad.

El humor negro funciona porque convive con el cariño por los personajes. Hay situaciones incómodas y ocurrencias bastante absurdas, pero la película sabe cuándo dejar que una emoción respire. Puedes estar sonriendo y, unos segundos después, descubrir que lo que acabas de escuchar te pegó más de lo que esperabas.

Entender a alguien no significa querer cambiarlo

Uno de los aspectos que más me gustaron es la manera en que se construye a Max. La historia aborda su diagnóstico de Asperger, pero su personalidad nunca queda reducida a esa explicación. Tiene opiniones, gustos, límites y una forma muy particular de expresar afecto. También puede enojarse, cometer errores y necesitar distancia.

Hay una idea especialmente valiosa en todo esto: querer a una persona también implica escuchar cómo se entiende a sí misma. No basta con decidir qué creemos que le conviene. A veces, en el intento de ayudar, olvidamos preguntarle al otro qué necesita o qué le duele.

Mary también está marcada por las opiniones ajenas. Las burlas sobre su apariencia y la falta de afecto influyen en la manera en que se mira. Su amistad con Max abre un espacio donde puede hacer preguntas y sentirse escuchada, aunque eso no borre de golpe todo lo que ha vivido.

Y agradecí mucho esa honestidad. La amistad tiene un valor enorme en esta historia, pero no aparece como una solución mágica para cualquier problema. Acompañar a alguien puede cambiar su vida sin que por eso desaparezcan sus dificultades. Esa diferencia hace que la relación se sienta mucho más cercana.

Una animación llena de personalidad

Visualmente, Mary y Max es preciosa, aunque su belleza tenga poco que ver con personajes perfectos o escenarios llenos de colores brillantes. Aquí hay cuerpos desproporcionados, miradas cansadas, objetos amontonados y espacios que parecen guardar años de pequeñas historias. La textura del stop motion le da una presencia muy especial a todo eso.

El contraste entre los tonos cafés del entorno de Mary y los grises de la ciudad de Max ayuda a distinguir sus mundos. Ambos pueden resultar apagados, pero están llenos de detalles que dan ganas de observar. Las habitaciones y los objetos cuentan mucho sobre quienes los habitan, incluso cuando nadie está hablando.

Lo que más me gusta es que la técnica está al servicio de las emociones. Una mirada o un movimiento pequeño pueden transmitir muchísimo. Sus figuras tienen algo torpe y frágil que encaja perfectamente con una historia sobre personas a las que les cuesta encontrar su lugar.

Un doblaje que disfruté muchísimo

Quiero detenerme en el doblaje latinoamericano porque la participación de Javier Ibarreche como Max, personaje interpretado en inglés por el fallecido Philip Seymour Hoffman, ha generado polémica. Entiendo las reservas que puede despertar la elección de un creador de contenido para un papel así, especialmente con ese antecedente en la versión original.

Pero después de escuchar el resultado, mi opinión es muy clara: el doblaje es fantástico y yo lo disfruté mucho. Ibarreche funciona como Max y, durante la película, pude concentrarme en el personaje y en lo que estaba viviendo. Eso es lo que más me importa al escuchar una interpretación: que me permita entrar en la historia.

El elenco también cuenta con Regina Blandón y Arturo Mercado, y el trabajo en conjunto acompaña muy bien los cambios entre comedia, incomodidad y tristeza. Es una historia donde la voz tiene muchísimo peso, porque las cartas nos acercan constantemente a lo que piensan y sienten los protagonistas.

No necesito poner esta versión a competir con la original para reconocer lo que consigue. Mi experiencia viéndola en español fue muy satisfactoria, y sería una lástima descartar ese trabajo únicamente por las ideas que podamos tener sobre uno de los nombres del reparto.

Mary y Max me parece una película extraordinaria. Tiene una identidad visual hermosa, personajes que se ganan tu cariño y un guion capaz de encontrar humor en situaciones dolorosas sin quitarles importancia. Su mirada sobre la soledad y la amistad deja espacio para la ternura, pero también para los errores y las partes incómodas de querer a alguien.

Su dureza emocional puede tomar por sorpresa a quien espere una aventura animada ligera. Conviene acercarse a ella sabiendo que toca temas difíciles y que no siempre ofrece respuestas reconfortantes. Aun así, encontré muchísima calidez en la manera en que acompaña a Mary y a Max, y en el valor que le da a algo tan sencillo como recibir una carta de alguien que se acordó de ti.

Sí, recomiendo muchísimo Mary y Max. Vale la pena por su animación, por su humor y, sobre todo, por una amistad que se siente imperfecta y profundamente humana. Además, el doblaje latinoamericano ofrece una muy buena manera de conocerla o volver a ella.

Al terminar, lo que se queda contigo es esa sensación de haber conocido a dos personas que necesitaban ser escuchadas. Y quizá también las ganas de escribirle a alguien con quien hace tiempo no hablas.

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