Claramente, cada uno de nosotros es un ser único e independiente, con virtudes y defectos, victorias y fracasos, opiniones y conocimientos. Es imposible que seamos repetidos. Aun así, al nacer, se nos asigna un nombre para identificarnos; la mayoría de las veces, está lleno de significado. Nos guste o no, nos acompañará hasta la muerte y nos dará personalidad, identidad y una forma muy simple de presentación.
Pitufos (2025), dirigida por Chris Miller, introduce nuevos personajes a la ya bien conocida franquicia de los Pitufos, utilizándolos para resaltar valores como el amor propio y la unión familiar sana, con una poderosa dosis de humor y carisma.
Antes de continuar esta reseña, quisiera agradecer a Paramount México por la invitación a esta divertida función al equipo de Frames.
La querida aldea Pitufo, habitada por amables criaturas azules muy características y llenas de personalidad. Cada uno tiene su rol, su propósito y tarea, y de ahí deriva su nombre. Papá Pitufo, además de ser el protector y guía de todos, también salvaguarda uno de los cuatro libros mágicos: objetos poderosos que alguna vez se intentaron usar para sumir al universo en la oscuridad… pero eso ya es parte del pasado.
Ahora, los Pitufos viven alegremente, todos con su nombre respectivo, excepto uno: Sin Nombre. Este Pitufo aún no ha encontrado su propósito y se siente apartado del resto. Tras haber intentado todo tipo de oficios y sentirse desmotivado, da un paseo deseando con todas sus fuerzas hallar su lugar. El libro mágico lo escucha y pronto descubre que tiene poderes. Emocionado, vuelve a la aldea para contarle a Papá Pitufo su hallazgo, pero él reacciona con preocupación más que con alegría aunque no hay tiempo para explicaciones: un agujero en el cielo aparece y se lleva a Papá Pitufo, quien apenas alcanza a decir que busquen a alguien llamado Ken para que los ayude. Así inicia una aventura épica para rescatarlo, descubrir quién intenta recuperar los libros mágicos y conocer más sobre el enigmático Ken.
Pitufos es una aventura cómica con un toque musical. No solo conserva el espíritu de la caricatura original, sino que también abraza conceptos modernos para adaptarse a nuevas audiencias. La película no se detiene ni un segundo; en cada escena ocurre algo que capta la atención tanto de niños como de adultos. Aunque está claramente dirigida al público infantil, hay más de un chiste no tan sutil que hará reír a los mayores también.
Dos elementos destacan especialmente: La animación, que es espectacular. El 3D logra evocar por momentos las secuencias en 2D de la caricatura original, y sorprendentemente se adapta con estilo a las escenas ambientadas en el mundo real. En el clímax, mediante un recurso narrativo, la animación explora nuevos horizontes visuales y referencias a otros géneros y estilos. Fue un momento realmente impactante.
Y el humor, que resulta sorprendentemente efectivo. No se limita a chistes simples o escatológicos. La calidad de los diálogos, los nuevos personajes bien definidos, las escenas de acción con movimientos fluidos y los números musicales aportan dinamismo que no entorpece la narrativa.
Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas. La trama, aunque entretenida, es bastante cliché y predecible. Una historia de hermanos perdidos no sorprenderá a nadie. Además, al introducir varios personajes nuevos —bien logrados, eso sí—, los Pitufos clásicos quedan un tanto relegados, a veces ni siquiera cumplen la función de alivio cómico, lo que puede resultar decepcionante para los fans de toda la vida.
Aun así, Pitufos (2025) parece perfilarse, para mi sorpresa, como una de las grandes contendientes por la atención del público infantil este año. Es una película muy recomendable para un público amplio. Tiene algo valioso para todos: ya sea la animación, el humor, los personajes, las referencias o las canciones. Es un producto muy completo.
Espero que, al igual que yo, puedan disfrutarla en la pantalla grande, donde realmente brilla gracias a todos sus puntos positivos.
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