Les soy sincero, esta película me llamó la atención principalmente por Seidi Haarla. Desde que vi algunos de sus trabajos anteriores me quedó la curiosidad de verla desenvolverse en un proyecto de terror, así que cuando supe que encabezaba el reparto de Engendro fue suficiente para querer darle una oportunidad. Y aunque en un principio pensé que la historia estaría mucho más repartida entre ella y Rupert Grint, conforme avanza la película te das cuenta de que él termina funcionando más como un coprotagonista, mientras que el verdadero peso de la narrativa recae sobre Saga, el personaje interpretado por Haarla.
Pero bueno, retomando la verdad es que eso termina siendo uno de los mayores aciertos de la película. La forma en la que interpreta a Saga hace que conectes con ella desde el inicio. No porque sea un personaje perfecto o porque siempre tome las mejores decisiones, sino porque transmite esa sensación de vulnerabilidad que hace que constantemente te preguntes qué está pasando por su cabeza. Hay momentos en los que la ves actuar y piensas que sabes exactamente lo que ocurre, pero conforme la historia avanza te das cuenta de que las cosas no son tan sencillas. Poco a poco comienzas a cuestionarte si lo que estás viendo es realmente la realidad o solamente una parte de ella.
Antes de continuar, quisiera agradecer a Zima Entertainment por la invitación que nos permite entregarles esta reseña.
Retomando mi idea que ahí considero que justo en el punto cuando avanzan las cosas es donde Engendro encuentra su mayor fortaleza. No intenta ser únicamente una película de terror. De hecho, sentí que el terror funciona más como una excusa para hablar de temas mucho más humanos. Sí, hay momentos incómodos, escenas que generan tensión y una atmósfera que constantemente te hace sentir que algo no está bien, pero debajo de todo eso existe una historia que habla sobre las relaciones entre las personas y sobre lo complicado que puede llegar a ser entender a quienes tenemos más cerca.
Muchas veces creemos conocer por completo a nuestra pareja, a nuestra familia o incluso a nosotros mismos, pero la película juega precisamente con esa idea de que cada persona vive una realidad diferente. Todos interpretamos las cosas desde nuestras propias emociones, nuestros miedos y nuestras experiencias. Lo que para alguien puede parecer una muestra de cariño, para otra persona puede sentirse como abandono. Lo que uno considera protección, otro puede vivirlo como una prisión. Y esa diferencia de perspectivas hace que las conexiones humanas sean muchísimo más complejas de lo que normalmente pensamos.
Mientras veía la película no dejaba de pensar en que, en la vida real, muchas veces observamos una situación desde afuera y creemos entender perfectamente lo que está ocurriendo. Juzgamos decisiones, comportamientos o actitudes sin conocer realmente todo lo que existe detrás. Vemos solamente una pequeña parte del problema, mientras que las personas involucradas están cargando con emociones, inseguridades, traumas y pensamientos que jamás alcanzamos a percibir. Engendro juega constantemente con esa idea: te hace creer que entiendes lo que sucede, pero poco a poco te demuestra que siempre hay algo más debajo de la superficie.
Eso provoca que la película también hable sobre la aceptación. Hay ocasiones en las que nos aferramos tanto a una versión de la realidad que terminamos ignorando todas las señales que apuntan hacia otro lado. No porque queramos engañar a los demás, sino porque aceptar la verdad puede ser mucho más doloroso que seguir viviendo dentro de una realidad construida por nosotros mismos. Creo que todos, en algún momento de nuestra vida, hemos pasado por algo similar. Nos convencemos de que todo está bien, de que una relación sigue funcionando, de que una persona va a cambiar o de que un problema desaparecerá por sí solo, cuando en el fondo sabemos que las cosas son completamente distintas.
Y esa es precisamente la reflexión que más me dejó la película. Las conexiones humanas son increíblemente complejas. No basta con querer a alguien para comprenderlo por completo. No basta con convivir todos los días para saber qué está pasando dentro de su cabeza. Muchas veces creemos escuchar cuando en realidad solamente estamos esperando nuestro turno para hablar. Creemos entender, cuando en realidad únicamente estamos interpretando la situación desde nuestro propio punto de vista. La película te invita a cuestionar todo eso sin decírtelo de manera directa, dejando que seas tú quien encuentre esas respuestas conforme avanza la historia.
También me gustó que nunca trata al espectador como si necesitara que le expliquen absolutamente todo. Confía en la inteligencia de quien está viendo la película y deja muchos espacios para la interpretación. Hay escenas que pueden tener un significado completamente distinto dependiendo de la persona que las vea, de las experiencias que haya vivido e incluso del momento de su vida en el que se encuentre. Eso hace que, cuando aparecen los créditos, la historia no termine realmente ahí. Sigues pensando en ella, repasando conversaciones, actitudes y pequeños detalles que durante la película parecían insignificantes, pero que después adquieren un peso completamente diferente.
Al final sentí que Engendro no busca únicamente generar miedo. Busca sembrar una incomodidad mucho más profunda, una que nace de reconocer que las relaciones humanas nunca son simples, que todos cargamos con batallas que los demás no alcanzan a ver y que la realidad rara vez es tan clara como creemos. Es una película que utiliza el suspenso y el horror para hablar de emociones muy reales, de vínculos rotos, de silencios, de miedos y de esa necesidad tan humana de construir una versión de los hechos que nos permita seguir adelante, aunque no siempre sea la verdad. Y justamente por eso creo que termina siendo una propuesta mucho más interesante de lo que aparenta en un principio.
No dejes pasar esta historia de suspenso, terror y reflexión solo en Cinépolis.
