Hace unos días me encontré con el reel de una creadora de contenido que decía algo como: “cámara amiguito, tú y yo no somos iguales, tú usas tus traumas para justificar tus actitudes feotas, yo los uso para escribir poesía”.
El objetivo claramente era la comedia, una muy fina debo agregar y digna de la época de los videos cortitos, pero también deja un par de verdades incómodas: hay quien usa el dolor para dañar a otros, y hay quien lo vuelve hacia sí mismo… y crea arte con eso.
Y el arte puede ser un medio para lidiar con el dolor, puede ayudar a quien lo crea, incluso puede salvarlo. Pero la realidad a veces es más cruel: a veces el arte no evita el daño, solo deja testimonio de que existió.
Y en ese contexto llega Las agujas dementes, una obra sobre poesía, amor, pero también ego, manipulación y también daño.
Antes de continuar, quiero agradecer a IQ Icunacury Acosta & Co por la invitación a la función de medios de esta puesta en escena.
Algo que tengo que mencionar desde el inicio es la escenografía: pequeña, simple, con pocos elementos, acompañada de una iluminación cálida que construye una sensación de intimidad. Es un espacio necesario para una trama que nos lleva a momentos clave en la relación entre Sylvia Plath y Ted Hughes, así como en su vínculo con el matrimonio conformado por David Wevill y Assia Wevill, y cómo la relación entre ellos deriva en desenlaces trágicos.
Algo curioso es que todos los personajes tienen una conexión con el arte: a veces desde lo frívolo, a veces desde lo utilitario —como cuando hablan del trabajo—, pero sobre todo desde lo íntimo.
Conforme avanza la obra, vemos fragmentos de sus vidas: relaciones, dolores y secretos. Pero aquí la obra hace algo interesante y que es lo que hace que el teatro se vuelva siempre una experiencia tan llena de sensaciones para los que la presencian: ese ambiente íntimo que se construyó en el escenario comienza a transformarse. Se vuelve incómodo. Hay tensión. Y genera esa la sensación de estar presenciando algo que no deberíamos ver, cuando eres invitado a una casa ajena, y los conflictos de los anfitriones e hacen decir que es momento de irte.
Particularmente, Sylvia Plath y Assia Wevill funcionan como guía dentro de la historia. Como espectador, uno camina constantemente entre juzgarlas y empatizar con ellas mientras avanzas.
El elenco logra sostener este equilibrio emocional con interpretaciones sólidas: Paulina Treviño como Sylvia Plath, Tizoc Arroyo como Ted Hughes, Misha Arias de la Cantolla como David Wevill y Ximena Romo Mercado como Assia Wevill, quienes hacen un trabajo impecable, en su actuación y la intimidad del lugar te hace sentir las miradas, las tensiones, en momentos hasta las respiraciones, de verdad un trabajo increíble.
Aunque me gustaría profundizar más en el desarrollo de la trama, en este punto prefiero invitar a los lectores de Frames a vivir esta historia por su cuenta.
Sin embargo, hay algo que no puedo dejar de lado y es la experiencia, al final queda una sensación persistente. La idea de que lo importante no está en entender qué pasó, sino en confrontar cómo pasó. Porque hay violencias que no son evidentes. Están en los silencios, en las miradas, en lo que no se dice abiertamente pero se entiende. Y ahí es donde la obra encuentra uno de sus puntos más interesantes: en la idea de que el daño no siempre es inmediato… pero sí acumulativo.
Y aquí es donde regreso a la idea con la que inicia esta reseña.
Porque si algo deja entrever Las agujas dementes es que no basta con “transformar el dolor en arte”. A veces ese proceso no evita el daño… solo lo reorganiza. Lo vuelve más bello, más comprensible, incluso más digerible para quien lo observa desde fuera. Pero en el fondo, la herida sigue ahí. Y en algunos casos, crece.
Lejos de romantizar las historias de quienes viven estas tragedias, la obra me dejo una idea incomoda: la sensibilidad y la relación con el arte no siempre son salvación. A veces son refugio, a veces escape… y en otras, evidencia de una vulnerabilidad mucho más profunda.
Y eso rompe con una idea que podría resultar peligrosas sobre quienes usan el arte para expresar emociones: que el talento, de alguna forma, nos salva de nosotros mismos.
No siempre lo hace.
Y quizá ahí está el golpe más fuerte que me dejo la obra. No en lo que cuenta, sino en lo que deja flotando: que hay historias donde nadie gana, donde el arte no redime y donde el amor, por sí solo, no alcanza.
Porque al final, no se trata de quién convirtió su dolor en poesía…
sino de cuánto costó hacerlo.
Las agujas dementes se presenta en el Teatro El Granero, en el Centro Cultural del Bosque, los jueves y viernes a las 20:00 hrs., sábados a las 19:00 hrs. y domingos a las 18:00 hrs., y su temporada actual estará hasta el 24 de mayo de 2026.
Nos vemos en la siguiente función.
