Zoopocalipsis (Night of the Zoopocalypse) es un experimento del género de zombis, que no re imagina el género, pero lo abraza con cariño y lo hace atractivo para nuevas generaciones. Bajo su apariencia de comedia animada familiar, esconde una carta de amor al cine clásico del terror, especialmente dentro del género de zombis, con unas poderosas inspiraciones en el trabajo de directores clave como George A. Romero y John Carpenter, pero desde la energía caótica y colorida de la animación contemporánea.
Tuvimos la oportunidad de escuchar de voz del propio director Rodrigo Perez-Castro el cual explicó que, siendo fan del terror, las influencias del género en esta película eran inevitables. Y eso se siente. Cada secuencia, cada encuadre y cada ritmo de montaje lleva ese pulso que reconoce el legado del género, pero lo adapta a una voz propia.
De hecho, agradecemos mucho a Diamond Films por hacernos llegar la invitación para la función especial de esta película.
Desde sus primeros minutos, la cinta te sumerge en un zoológico donde un meteorito transforma a los animales en zombis. Donde un grupo de protagonistas cuyas personalidades chocan, y sus instintos de supervivencia los enfrentan entre sí, sin embargo, tendrán que luchar en conjunto si es que quieren sobrevivir
Visualmente, Zoopocalipsis es un festín. El diseño de personajes es llamativo desde el inicio, con trazos expresivos, movimientos caricaturescos y texturas que dan una impresión de fotorrealismo. Hay una vitalidad en cada plano, un sentido del color y la composición que te mantiene mirando incluso en algunos puntos bajos dentro de la historia
Pero el alma de la película no está en el apocalipsis, sino en sus personajes. Cada uno funciona como un arquetipo: el líder, el egoísta, el rudo, e incluso el fanboy del terror, que como en la película SCREAM nos ayuda a entender las temáticas y reglas de este universo. Todos tienen su momento para brillar, y aunque sus historias se entrelazan con humor y caos, hay un equilibrio bien logrado entre lo cómico y lo emocional. Sin embargo, quien realmente se roba la función para mi es Poot, un hipopótamo tierno y torpe que actúa como corazón y alivio cómico de la historia. En cada aparición suya hay una calidez genuina, ese tipo de presencia que te hace recordar por qué seguimos volviendo al cine animado incluso como adultos.
Y es que Zoopocalipsis no se limita a la risa: su humor es el vehículo para algo más profundo. Debajo de su tono ligero y luminoso, late una historia de terror tradicional. No porque busque asustar, sino porque rescata la esencia del género: el miedo como metáfora de la condición humana. Y es que ver las similitudes y subtextos tan similares a películas como Dawn of the dead, donde el reto de los protagonistas nos radica solamente en los monstruos a los que enfrenta, si no a las propias naturalezas de los personajes, algo notorio es como la reproducción de comportamientos humanos como, el egoísmo, la desconfianza, la búsqueda de poder incluso ante la destrucción. Esas maneras de actuar en animales no solo es un recurso cómico, también es una forma de generar una critica con un nivel distinto a como lo hicieron los genios del genero como el mismo Romero.
Lo más admirable es que la película logra un equilibrio casi imposible en películas como estas: usar todos los elementos clásicos de grandes obras del género como el encierro, la amenaza, la supervivencia, la tensión moral, y girarlos hacia el humor sin caer en la parodia. Es un experimento enorme, pero perfectamente bien ilustrado. Una obra que sabe reírse del apocalipsis sin banalizarlo.
Quizás por eso Zoopocalipsis termina sintiéndose más viva que muchas producciones animadas recientes. Tiene alma. Tiene identidad. Y, sobre todo, tiene ese extraño poder de recordarte que incluso en medio del caos, entre risas, garras y colmillos, todavía hay algo profundamente emocionante esperando a ser descubierto por una nueva generación.
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