Hay algo muy especial en escuchar una canción de Disney después de muchos años y descubrir que todavía recuerdas perfectamente lo que te hacía sentir. Eso fue justamente lo que pasó el pasado 27 de septiembre en el Auditorio Nacional con Disney en Concierto: Un Recorrido Musical, una noche en la que la música tomó el lugar de las películas para llevarnos por distintas épocas de la compañía y, de paso, recordarnos que algunas historias realmente nunca se van.
Desde antes de entrar al recinto ya se sentía que no era una función cualquiera. Había niños emocionados, papás acompañándolos, jóvenes que crecieron con estas películas y muchas personas que incluso llegaron disfrazadas de sus personajes favoritos. Y creo que eso terminó siendo una de las cosas más bonitas de la noche, porque mientras avanzaba el concierto era imposible no darse cuenta de que Disney sigue encontrando la manera de conectar con generaciones completamente distintas. Había papás que seguramente escucharon algunas de estas canciones cuando eran niños y ahora estaban sentados junto a sus hijos, quienes las están descubriendo por primera vez. Esa imagen, por sí sola, decía muchísimo de lo que significa Disney para varias generaciones.
El concierto comenzó con la Obertura: Recuerdos de Disney, que funcionó como una especie de bienvenida a todo lo que vendría después. A partir de ahí llegaron Volarás, volarás, volarás y La estrella que nos vio nacer, para después entrar en el peculiar mundo de Alicia en el país de las maravillas con Alice in Wonderland e I’m Late. También hubo espacio para Bella Notte de La dama y el vagabundo, April Showers de Bambi y Waltz of the Flowers de Fantasía, regresando nuevamente a La estrella que nos vio nacer. Me gustó especialmente que el recorrido no se limitara únicamente a las canciones más populares, porque eso permitió recuperar piezas que quizá no escuchamos todos los días, pero que forman parte de esa enorme historia musical que Disney ha construido durante décadas.
Después llegó Enredados, con Kingdom Dance, ¿Cuándo empezaré a vivir?, Mi sueño ideal y Veo en ti la luz, y aquí se notó perfectamente cómo la compañía ha conseguido pasarle la estafeta a nuevas generaciones sin perder ese encanto clásico. Algo parecido ocurrió con Mulán, cuando sonaron Reflejo y Hombres de acción serán hoy. De pronto el Auditorio podía pasar de la nostalgia más clásica a películas que muchos de nosotros también sentimos cercanas, y todo sin que el recorrido perdiera continuidad. El medley de Amigos Encantados fue otro de esos momentos que prácticamente se explican solos: Un amigo fiel, Bajo el mar y Nuestro huésped hicieron que el público reconociera las canciones desde los primeros acordes, mientras la orquesta y las voces les daban una dimensión completamente distinta a la que tienen dentro de las películas.
La primera mitad siguió con el bloque de villanos y después con Hércules, incluyendo La virtud, De cero a héroe y Nació un campeón. Y justamente ahí fue cuando pensé que uno de los grandes aciertos del concierto es que no intenta competir con las películas, sino recordarnos por qué esas canciones funcionan tan bien incluso cuando las sacamos de su contexto. Escuchar una orquesta interpretarlas en vivo hace que temas que conocemos de memoria vuelvan a sentirse enormes, especialmente cuando el público comienza a reaccionar prácticamente al mismo tiempo que reconoce cada melodía.
Después del intermedio llegó el bloque de Íconos de Disney, con Parte de él, Un mundo ideal y Colores en el viento, tres canciones que representan distintas épocas, pero que tienen algo en común: hablan de descubrir el mundo, encontrar nuestro lugar y perseguir aquello que queremos. La segunda parte continuó con Bésala, La Bella y la Bestia y Esto es amor, llevando el concierto hacia ese Disney más romántico que también forma parte de nuestra memoria. Y entonces llegó uno de los momentos que más disfruté: Batalla contra las fuerzas del mal, donde la orquesta acompañó en vivo una escena de La Bella Durmiente en la que el príncipe Felipe se enfrenta a Maléfica y a las fuerzas del mal para rescatar a Aurora. Fue una buena forma de recordar que detrás de todas esas canciones existe también una música orquestal capaz de contar una historia completa sin necesidad de una sola palabra.
El cierre estuvo reservado para Frozen, con Vuelie, ¿Y si hacemos un muñeco?, Finalmente y como nunca y En verano, además de Libre soy. Y aunque para quienes crecimos con las películas más antiguas quizá estos temas representan una etapa más reciente de Disney, ver la reacción de los niños en el Auditorio dejaba claro que para ellos ya son sus clásicos. Eso es precisamente lo bonito de este tipo de espectáculos: las generaciones cambian, las películas cambian y las canciones también, pero la emoción de encontrarse con una historia que te marcó sigue siendo prácticamente la misma.
Creo que esa fue la verdadera magia de Disney en Concierto: Un Recorrido Musical. No solamente estuvo en el escenario, en la orquesta o en las voces, sino también en el público. Estuvo en los niños que estaban descubriendo estas canciones, en los adultos que las reconocieron después de tantos años y, sobre todo, en esos papás que ahora tienen la oportunidad de compartir con sus hijos algo que alguna vez también fue parte de su propia infancia. Porque quizá esa sea una de las cosas más bonitas que puede conseguir Disney: que una canción pueda tener décadas de existencia y aun así encontrar a alguien nuevo que la escuche por primera vez y se enamore de ella.
Salí del Auditorio Nacional con esa sensación tan particular de haber regresado por un rato a una época que ya no existe exactamente como la recordamos, pero que sigue ahí cada vez que suena una de estas canciones. Y mientras veía a familias enteras salir del recinto, pensé que quizá esa es la mejor forma de entender por qué Disney sigue siendo Disney después de tantos años. La nostalgia no solamente se recuerda, también se comparte. Y cuando una generación le pasa una canción a la siguiente, la magia vuelve a empezar.
Nunca dejen de soñar.
