Cine Reviews | No me sigas

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Hay películas que te hacen saltar del asiento… y otras que se te quedan dando vueltas en la cabeza después de que se encienden las luces. No Me Sigas entra justo en esa segunda categoría.

Desde que aparecieron los créditos sentí esa sensación que tenía de niño cuando me asomaba a ver películas de terror sin permiso, escondido detrás del sillón, con medio rostro cubierto por una cobija. Hay algo en la forma en que esta cinta mexicana producida por Blumhouse captura el miedo, que te recuerda lo que se sentía tenerle respeto a la oscuridad.

Agradecemos a Cinépolis el habernos invitado a la función de prensa, y así poder traer esta reseña con mucho miedo para ustedes.

La película sigue a Carla (interpretada por Karla Coronado), una joven creadora de contenido que decide mudarse a un edificio abandonado en la Ciudad de México para grabar videos sobre fenómenos paranormales. Todo comienza como una simple estrategia para ganar seguidores, pero las cosas se salen de control cuando las presencias que “fingía” empiezan a responderle.

Lo interesante es que No Me Sigas no se limita al miedo sobrenatural. También habla del miedo moderno: ese que sentimos cuando publicamos algo y nos damos cuenta de que no podemos controlar quién lo ve, quién comenta o quién te sigue.
Porque a veces lo más aterrador no está del otro lado del espejo, sino detrás de una pantalla.

Hay una escena en la que Carla enciende su cámara y se ríe nerviosa, intentando mantener el personaje mientras todo empieza a desmoronarse. Esa dualidad —el querer mostrarse y a la vez esconder lo que en verdad siente— me recordó a algo que me pasó hace años.

Recuerdo una vez, cuando empezaba a crear contenido, que grabé un video de noche en casa. Quería probar un nuevo micrófono, y como no había nadie, empecé a hablarle a la cámara sin guion, sólo improvisando.
De pronto, escuché un golpe seco en el pasillo. Apagué el foco, pero la cámara seguía grabando. En la pantalla, mi silueta se veía apenas por la luz roja del “REC”. Me quedé inmóvil, con esa mezcla entre miedo y curiosidad que sólo el silencio puede darte.
Al final, no era nada. Un marco cayó por la corriente de aire. Pero esa sensación… esa tensión de saberte observado sin saber por quién, me acompañó toda la noche.

Y justo eso logra No Me Sigas: que sientas que algo te observa. No sólo desde la oscuridad, sino desde tu propia exposición.

La ambientación es impecable. La Ciudad de México se siente viva, como si el edificio tuviera memoria. Los pasillos parecen susurrar, las paredes crujen como si respiraran. Hay un trabajo visual muy bien cuidado que equilibra lo moderno con lo clásico. No abusa de los jumpscares, sino que apuesta por el silencio, por la incomodidad que crece escena tras escena.

La película dura poco más de una hora y veinte, pero no se siente corta. Al contrario: su ritmo va en aumento, y justo cuando crees que todo se resolvió, algo cambia.
La tensión no viene sólo del fantasma, sino del peso de las decisiones.

Y creo que ahí está lo más humano del terror.
El miedo a lo desconocido ya no está en una casa vieja ni en una ouija polvorienta… está en nosotros, en nuestras ganas de ser vistos, en esa validación que buscamos una y otra vez.

Cuando terminaron los créditos, me quedé sentado un momento viendo el reflejo de la pantalla apagada.
Pensé en Carla, pero también en mí, en todos los que alguna vez hemos sentido la necesidad de dejar huella. En cómo, a veces, esa búsqueda de atención puede convertirse en una sombra que ya no se despega.

No Me Sigas no sólo funciona como película de terror; funciona como espejo. Te asusta, sí, pero también te recuerda lo que significa ser parte de esta era donde lo más peligroso no es el monstruo… sino lo que uno hace por volverse visible.

Salí del cine con esa sensación que sólo deja el buen miedo: la de mirar dos veces por encima del hombro antes de apagar la luz.
Y mientras caminaba a casa, no pude evitar pensar en lo irónico del título.
“No me sigas”, dice.
Pero al final, algo dentro de ti… termina siguiéndola.

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