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El Final: ¿qué pasa cuando llegar a la meta deja de tener sentido?

Por Riziare Arvel

El Final es un thriller psicológico que utiliza una premisa tan sencilla como inquietante para hablarnos de una de las etapas más complicadas de la vida: la transición de la adolescencia a la adultez temprana. Ese momento en el que comenzamos a preguntarnos qué queremos hacer con nuestro futuro, qué se espera de nosotros y si realmente estamos avanzando hacia algún lugar. La película convierte estas dudas en una carretera aparentemente infinita, sin salidas ni señalamientos que indiquen cuánto falta para llegar a nuestro destino. ¿Qué se supone que deberías hacer cuando estás atrapado en un camino que no tiene final? Esta pregunta se convierte en el punto de partida de una historia que, más allá del misterio que rodea a sus protagonistas, plantea un conflicto existencial sobre la manera en que enfrentamos la incertidumbre.

La historia sigue a Tyler, James, Fisher y Day, cuatro amigos que, por circunstancias que la película no explica del todo, terminan atrapados en una carretera de la que parece imposible escapar. Por lo que vemos dentro de la camioneta, podemos suponer que estaban realizando un viaje por carretera, pero eso termina siendo lo menos importante. Lo verdaderamente interesante es observar cómo cada uno reacciona ante una situación que desafía cualquier lógica. El camino no tiene salidas, los kilómetros se acumulan hasta superar el millón y, aunque el día y la noche transcurren con aparente normalidad, existen reglas que rompen con lo que conocemos del mundo real. Las baterías de sus celulares no se agotan, no sienten hambre ni sueño y tampoco necesitan ir al baño. Sin embargo, el sol sigue saliendo, anochece y, de vez en cuando, llueve. Es como si estuvieran atrapados en un lugar donde el tiempo avanza, pero sus cuerpos permanecen suspendidos en una extraña realidad.

A estas condiciones se suma una de las situaciones más inquietantes del recorrido: cuando detienen la camioneta durante demasiado tiempo, una multitud aparece corriendo hacia ellos con la intención de quitarles el vehículo. Tienen aproximadamente un minuto y medio antes de que lleguen, así que incluso descansar o estirar las piernas se convierte en una actividad que deben controlar con cronómetro. Para sobrevivir a esta rutina, los cuatro establecen un sistema de turnos en el que cada dos horas alguien diferente toma el volante. La carretera termina imponiendo sus propias reglas y, aunque al principio todavía existe la esperanza de encontrar una salida, poco a poco el trayecto se convierte en una prueba psicológica que pone a los amigos frente a sus propios límites.

El primero en romperse es Tyler. Su personalidad testaruda e impulsiva le impide soportar un kilómetro más dentro de la camioneta, por lo que una noche decide bajarse y abandonar el recorrido. Su desaparición representa un punto de quiebre para el grupo, especialmente para James, quien hasta entonces había mantenido una actitud optimista y procuraba orientar las conversaciones hacia la posibilidad de encontrar una salida. Después de perder a su amigo, algo cambia en él. Deja de involucrarse en la convivencia y reduce sus interacciones a lo estrictamente necesario, como sus turnos al volante o los momentos en los que pueden bajar del vehículo. La esperanza que antes compartía con los demás se transforma en una obsesión por continuar avanzando, como si detenerse significara aceptar una derrota que todavía no está dispuesto a reconocer.

Mientras James se hunde cada vez más en su necesidad de encontrar una respuesta, Day y Fisher intentan sobrellevar el encierro de otra manera. Ambos conservan esa chispa juguetona que les permite inventar actividades para hacer más llevadero el paso de los días. Organizan una hora para gritar tan fuerte como puedan, otra para contar historias personales y una más para desahogarse. Son momentos sencillos, incluso absurdos dentro de las circunstancias que están viviendo, pero representan su manera de seguir conectados con la vida que tenían antes de quedar atrapados. También intentan integrar a James, aunque sus esfuerzos resultan inútiles. Él está demasiado concentrado en encontrar una salida como para comprender que sus amigos están intentando construir una forma de vivir dentro de aquella situación.

Me parece interesante cómo la película presenta estas distintas posturas sin necesidad de convertirlas en una competencia por ver quién tiene la razón. Tyler prefiere abandonar el camino antes que continuar soportando una existencia que ya no puede tolerar. Day y Fisher encuentran pequeños motivos para divertirse y mantenerse unidos, aun cuando saben que su situación es cada vez más desesperanzadora. James, en cambio, necesita creer que existe una meta y que todo el esfuerzo que está haciendo terminará por llevarlo a alguna parte. Ninguno de ellos tiene una respuesta definitiva, pero sus decisiones reflejan distintas maneras de afrontar el miedo a lo desconocido y la posibilidad de que todo aquello que hacemos no nos conduzca al lugar que esperábamos.

Esta diferencia termina por provocar otro enfrentamiento. Después de recorrer más de un millón de kilómetros, Day y Fisher están cansados de seguir avanzando sin obtener resultados. Durante un cambio de conductor, deciden quitarle las llaves a James, conscientes de que, si el motor permanece apagado demasiado tiempo, la camioneta podría dejar de funcionar. James se niega a aceptar que el viaje pueda terminar de esa manera y pelea físicamente con Fisher para recuperar las llaves. Day intenta hacerlo entrar en razón, pero él ya no parece capaz de escuchar. Para James, continuar conduciendo se ha convertido en una necesidad que está por encima de sus propias amistades.Finalmente, consigue las llaves y se marcha solo, dejando atrás a Day y Fisher, de quienes no volvemos a saber nada.

Mucho antes de este enfrentamiento, el grupo había encontrado otro automóvil abandonado junto a la carretera. Como ya era habitual, revisaron su interior para buscar objetos que pudieran servirles, pero esta vez descubrieron algo más: el dueño del vehículo estaba acostado sobre el pasto, un poco adentrado en el bosque. Intentaron hablar con él, aunque no obtuvieron respuesta. El hombre parecía encontrarse en una especie de bloqueo mental, incapaz de reaccionar ante quienes se acercaban. Su presencia introduce otra incógnita dentro de una historia que no pretende ofrecer explicaciones para cada uno de sus misterios. Sin embargo, también funciona como una advertencia de lo que puede ocurrirle a alguien que lleva demasiado tiempo intentando comprender una situación que quizá no tiene solución.

Una vez que James se queda solo, la película se concentra todavía más en su deterioro psicológico. Comienza a hablar en voz alta, a dirigir sus palabras hacia el cielo y a cuestionarse si existe alguien detrás de todo lo que está experimentando. Llega a comportarse como si una fuerza superior lo mantuviera prisionero y tuviera el control de su destino. Durante una noche en la que se detiene a descansar, comienza a lloviznar y su reacción es histérica: mira hacia arriba, desesperado, preguntándose si aquello es una forma de castigarlo por haber abandonado a sus amigos. Es un momento que deja ver hasta qué punto su necesidad de encontrar una explicación ha terminado por consumirlo. James ya no solamente está atrapado en la carretera; también está atrapado dentro de su propia mente.

El acto final lleva esta desesperación hasta sus últimas consecuencias. Después de recorrer una distancia que parece imposible, James finalmente llega al final de la carretera. Frente a él hay un poste que anuncia el término del camino y una gran cantidad de automóviles varados. Sin embargo, no existe una salida que le permita escapar de aquel lugar. Después de pasar días frente a esa señal, esperando encontrar una respuesta que nunca llega, se quiebra emocionalmente. Por primera vez, después de tanto tiempo, grita una y otra vez con auténtica desesperación, de una manera que recuerda las actividades que sus amigos organizaban para sobrellevar el encierro. Lo que antes podía ser una forma de desahogo compartido ahora se convierte en el grito solitario de alguien que ha sacrificado demasiado por alcanzar una meta que no le ha dado nada a cambio.

Pero si hay un elemento que me parece especialmente importante para comprender lo que El Final quiere transmitir, es la barra de fibra de Day. A lo largo del recorrido, ella insiste en comerse una barrita que había llevado para disfrutar durante el viaje. James siempre se lo impide, argumentando que, si la consume, quizá tenga que digerirla durante toda la eternidad o podría sucederle algo malo a su organismo. Day termina haciéndole caso, aunque cada intento frustrado deja claro que se está perdiendo algo tan sencillo como disfrutar de un alimento que tiene a su alcance. La barrita se convierte así en un pequeño recordatorio de todo aquello que los protagonistas han dejado de hacer por miedo a las consecuencias de sus decisiones.

Cuando James finalmente se resigna y regresa a la camioneta, busca la barrita y se la come. Entonces llora por lo rica que está. Puede parecer un momento insignificante frente a todo lo que acaba de vivir, pero para mí es una de las escenas que mejor resumen el mensaje de la película. Después de recorrer millones de kilómetros, obsesionarse con encontrar una salida y sacrificar la compañía de sus amigos, James termina encontrando un instante de felicidad en algo que siempre estuvo a su alcance. No necesitaba llegar al final de la carretera para disfrutarlo. Solamente tenía que permitirse hacerlo.

La vida también puede convertirse en una carrera interminable. Desde que somos pequeños, avanzamos sin tener demasiada conciencia de lo que viene después. Sin embargo, al acercarnos al final de la adolescencia y comenzar nuestra vida adulta, aparecen las expectativas, las responsabilidades y la sensación de que debemos cumplir determinados objetivos. Estudiar, trabajar, conseguir estabilidad, alcanzar nuestras metas y demostrar que estamos avanzando. En ocasiones, terminamos concentrándonos tanto en llegar a ese supuesto destino que olvidamos preguntarnos si realmente estamos disfrutando del recorrido.

Tyler representa a quienes se hartan de seguir un camino que ya no soportan y prefieren abandonarlo. Day y Fisher simbolizan a quienes intentan encontrar motivos para disfrutar de la vida incluso cuando las circunstancias no son las mejores, hasta que comprenden que no tiene sentido seguir avanzando bajo las mismas condiciones y deciden tomar otro rumbo. James, por su parte, representa a quienes se aferran tanto a una meta que terminan alejándose de las personas y las experiencias que dan sentido a su existencia. Su determinación, que al principio podría parecer una virtud, acaba convirtiéndose en una prisión emocional. No importa cuánto avance ni cuánto esfuerzo invierta: sigue sin encontrar aquello que cree necesitar.

En este sentido, la carretera infinita funciona como una metáfora de nuestras propias expectativas. No siempre podemos controlar el camino que nos toca recorrer, ni mucho menos garantizar que llegaremos al lugar que imaginamos. Lo que sí podemos hacer es decidir cómo vivimos mientras avanzamos. Y eso no significa renunciar a nuestros sueños o dejar de esforzarnos, sino comprender que no todo en la vida tiene que estar condicionado por una meta futura. A veces, las experiencias más valiosas están en las pequeñas cosas que posponemos porque creemos que todavía no es el momento adecuado para disfrutarlas.

Una vez que James comprende, después de todo lo vivido, aquello que sus amigos parecían haber entendido mucho antes, decide regresar al lugar donde habían encontrado al hombre junto al automóvil abandonado. Lo carga y lo acomoda en el asiento del copiloto de su camioneta. Entonces llega una de las escenas más curiosas del desenlace: James le pregunta si ganaría un hombre armado con una escopeta o cincuenta águilas en un enfrentamiento. Después de varios segundos de silencio, el hombre responde por primera vez que probablemente ganarían las águilas, porque no tienen depredadores naturales.

Es un intercambio extraño, cotidiano y hasta gracioso, especialmente después de una historia que ha llevado a su protagonista al límite de la desesperación. Sin embargo, también resulta significativo. James vuelve a compartir el espacio con otra persona, recupera una conversación que no tiene que ver con encontrar la salida y parece dispuesto a convivir sin exigir que cada momento lo acerque a una respuesta definitiva. No sabemos qué ocurrirá después ni si realmente ha escapado de su prisión, pero ese diálogo abre la posibilidad de que finalmente haya comprendido algo que antes era incapaz de aceptar.

El Final me parece una propuesta interesante porque utiliza el misterio de su premisa para hablar de un conflicto bastante reconocible: la presión de avanzar, cumplir expectativas y llegar a un destino que quizá ni siquiera hemos elegido por voluntad propia. Su carretera plantea preguntas que no necesariamente necesitan una explicación sobrenatural para tener sentido, aunque algunos de sus elementos quedan abiertos y la película no aclara del todo las reglas de ese mundo. También habría agradecido conocer un poco más sobre cómo los protagonistas llegaron hasta ahí, pues ese contexto podría haber enriquecido su relación con el viaje. Sin embargo, su mayor fortaleza está en la manera en que transforma una situación absurda en una reflexión sobre la amistad, la soledad y el miedo a quedarse atrás.

Al final, quizá la pregunta más importante no sea cuánto falta para llegar al final de la carretera, sino qué estamos dejando de disfrutar mientras intentamos llegar. Porque podemos pasar la vida entera persiguiendo una meta, convencidos de que la felicidad nos espera unos kilómetros más adelante, y terminar descubriendo que nos perdimos de muchas cosas en el camino. A veces, lo único que necesitamos es dejar de mirar hacia el horizonte, abrir esa pequeña barrita que llevamos guardando desde hace tiempo y recordar que también tenemos derecho a disfrutar el trayecto.

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