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Street-Fighter

Street Fighter: una pelea de nostalgia que por fin pone a Ryu y Ken en el centro

Para quienes crecimos con los videojuegos, Street Fighter es mucho más que una franquicia de peleas. Es recordar las retas en las maquinitas, elegir a nuestro personaje favorito y pasar horas intentando dominar esos movimientos especiales que parecían imposibles de ejecutar cuando apenas comenzábamos a jugar. Por eso, llevar este universo al cine siempre ha sido un reto, especialmente después de la película de 1994, una adaptación que, con todo y sus momentos memorables, terminó convirtiéndose en una de esas producciones que los fans recordamos tanto por sus aciertos como por sus excesos. Sin embargo, después de ver esta nueva versión, tengo que admitir algo: me gustó incluso más que la de 1994, y una de las razones principales es que, por primera vez, siento que Ryu y Ken son verdaderamente los protagonistas de su propia historia.

Dirigida por Kitao Sakurai, esta nueva adaptación nos transporta a 1993 para reunir nuevamente a Ryu y Ken, quienes terminan involucrados en el torneo World Warrior tras la llegada de Chun-Li. Lo interesante es que la película no se limita a reunir a los personajes más populares de Capcom para ponerlos a pelear, sino que busca recuperar esa personalidad tan particular de los videojuegos, donde las rivalidades, los estilos de combate y las personalidades de cada luchador forman parte de un espectáculo que difícilmente podría confundirse con otra franquicia. Aquí hay espacio para el humor, los momentos exagerados y las situaciones que parecen sacadas directamente de una partida, algo que puede resultar extraño para quienes esperan una adaptación más seria, pero que a mí me parece una decisión acertada para respetar el material original.

Uno de los aspectos que más disfruté fue la manera en que la película aprovecha sus escenarios para darle variedad a los enfrentamientos. No se trata solamente de tener a dos personajes intercambiando golpes frente a una cámara, sino de construir espacios que nos recuerdan a los distintos escenarios que hemos recorrido en los juegos, con una identidad visual que ayuda a reconocer ese universo. A esto se suma la combinación de acción live action con elementos de animación, una mezcla que aporta personalidad a la propuesta y permite acercarse a la estética de los videojuegos sin depender por completo del realismo. Me parece que esa decisión funciona especialmente bien porque Street Fighternunca ha sido una franquicia que necesite comportarse de manera realista para resultar emocionante; sus movimientos, sus poderes y sus personajes siempre han tenido algo de espectáculo fantástico, y la película entiende que parte de su encanto está precisamente en abrazar esa exageración.

Otro punto que me dejó satisfecho es el lugar que finalmente ocupan Ryu y Ken. Durante años, ambos han sido dos de las caras más reconocibles de la franquicia, pero en esta ocasión la película les da una importancia que se siente más natural dentro de la historia. Su relación, sus diferencias y el vínculo que comparten ayudan a sostener la aventura, en lugar de convertirlos en simples nombres dentro de una lista de personajes conocidos. Además, la película se toma algunas libertades para expandir un poco el lore de los luchadores y mostrarnos otras facetas de sus personalidades. Es cierto que algunas de estas versiones quizá no sean completamente fieles a lo que conocemos de los videojuegos, algo que seguramente dividirá opiniones entre los fans más puristas, pero creo que estos cambios también pueden aportar algo interesante: abrir nuevas posibilidades para que los personajes sigan evolucionando en futuras entregas, en lugar de quedarse atrapados en las mismas historias que ya conocemos. Y ese detalle cobra todavía más sentido cuando llegamos al final, que claramente deja la puerta abierta para continuar explorando este universo.

Por supuesto, la película no está libre de excesos. El humor puede ser irregular y la intención de sorprender constantemente hace que algunos momentos se sientan más preocupados por provocar una reacción que por desarrollar la historia. También existe el riesgo de que tantos personajes y referencias terminen distrayendo de lo que realmente importa. Aun así, creo que esa exageración forma parte de la identidad que la producción quiere recuperar y, cuando logra encontrar el equilibrio entre las peleas, los escenarios y el espíritu de los videojuegos, es cuando mejor funciona. No todo tiene que ser solemne para que una adaptación sea respetuosa con su origen, y quizá ese sea uno de los mayores aciertos de esta versión.

Es inevitable recordar la película de 1994, especialmente por la presencia de Jean-Claude Van Damme como Guile y el inolvidable Raúl Juliá como M. Bison. Aquella adaptación tiene un lugar muy particular en la historia del cine basado en videojuegos, pero esta nueva entrega me parece más satisfactoria porque consigue acercarse a la esencia de Street Fighter desde una perspectiva que da mayor importancia a sus protagonistas y al espectáculo de sus combates. No necesita borrar el recuerdo de la versión anterior ni competir directamente con ella; simplemente encuentra su propia manera de trasladar este universo a la pantalla grande. Y, al menos en mi caso, consigue algo que no esperaba: hacer que disfrute todavía más una franquicia que me ha acompañado durante tantos años.

Al final, Street Fighter me dejó con esa sensación de estar viendo un universo que conozco desde hace mucho tiempo, pero con una presentación que busca darle una nueva oportunidad en el cine. Me quedo con sus escenarios, con la combinación de acción real y animación, con el espectáculo de sus peleas y, sobre todo, con ver a Ryu y Ken ocupar el lugar que les corresponde. También me gusta pensar que esta historia no termina aquí, porque las libertades que se toma con sus personajes y las posibilidades que plantea su desenlace podrían darle un camino interesante a esta adaptación cinematográfica. La nostalgia es importante, pero también se agradece cuando una película no solo recupera lo que queremos de una franquicia, sino que encuentra la manera de hacerla crecer. Y si algo me llevo de esta película es que, después de tantos años, todavía hay motivos para emocionarse cuando escuchamos hablar de un Hadouken.

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