Cine Reviews | El Corazón de la Bestia

Antes de comenzar, queremos agradecer a Paramount Pictures México por invitarnos a la función de prensa de El corazón de la bestia, película protagonizada por Brad Pitt y dirigida por David Ayer que, aunque en apariencia nos presenta una sencilla historia de supervivencia, terminó convirtiéndose para mí en una experiencia mucho más emocional de lo que esperaba.

Tengo que comenzar esta reseña admitiendo algo que seguramente influye muchísimo en mi opinión: soy un gran amante de los perros. Desde que era niño siempre he tenido perros en mi familia y hasta el día de hoy siguen formando parte de mi vida. Siempre he pensado que son animales maravillosos, adorables y capaces de entregarnos absolutamente todo sin pedir prácticamente nada a cambio. A veces incluso pienso que los seres humanos no los merecemos. Así que tengo una debilidad bastante evidente: pongan un perro en una película y seguramente ya consiguieron que me interese; hagan que ese perro esté en peligro y probablemente también conseguirán que termine al borde de las lágrimas.

El corazón de la bestia nos cuenta la historia de James Belmont, interpretado por Brad Pitt, un antiguo miembro de las Fuerzas Especiales que viaja junto con Odin, su perro de combate, a los enormes paisajes de Alaska. Lo que debería ser un viaje para disfrutar de la naturaleza cambia por completo después de que ambos sufren un accidente aéreo y quedan varados en medio de un territorio tan espectacular como peligroso. A partir de ese momento comienza una lucha contra la naturaleza en la que hombre y perro tendrán que depender el uno del otro para sobrevivir.

Y realmente no necesitamos saber mucho más antes de verla, porque estamos ante una película con una trama muy sencilla, pero tremendamente efectiva. Contar cuáles son los obstáculos que aparecen durante el recorrido sería arruinar buena parte de la experiencia, pues precisamente uno de sus mayores atractivos es descubrir junto con sus protagonistas qué les espera y cómo conseguirán superar cada situación.

Personalmente disfruto muchísimo las historias de supervivencia. Películas como Náufrago, con Tom Hanks, o Gravedad, de Alfonso Cuarón, me encantan precisamente por esa sensación de aislamiento y por colocar a sus protagonistas frente a circunstancias en las que simplemente mantenerse con vida se convierte en el objetivo principal. Por eso la primera mitad de El corazón de la bestia me atrapó rápidamente. Tenemos a un hombre, a su perro y a una naturaleza implacable, pero conforme avanzaba la película me di cuenta de que estaba dejando de preocuparme únicamente por saber cómo iban a sobrevivir y comenzaba a involucrarme mucho más con la relación entre ambos.

Ahí es precisamente donde la película encuentra su mayor fortaleza. El corazón de la bestia no funciona únicamente como una historia de supervivencia, sino como una historia sobre el vínculo entre un perro y su humano. Si esta misma película hubiera tratado simplemente sobre un antiguo soldado perdido en las montañas intentando regresar a casa, probablemente habría sido entretenida, pero difícilmente habría conseguido provocar el mismo impacto. Odin cambia completamente la manera en que experimentamos cada peligro, cada decisión y cada pequeño triunfo durante el recorrido.

Brad Pitt realiza un trabajo excelente como James. Gran parte de la película depende de su capacidad para transmitir agotamiento, miedo, desesperación y cariño sin tener necesariamente a otro actor humano frente a él, y creo que el papel le queda perfectamente. De hecho, cuesta imaginar a otro actor ocupando su lugar. Pitt tiene el carisma necesario para sostener la película prácticamente solo, pero curiosamente también entiende cuándo debe hacerse a un lado para permitir que su compañero de cuatro patas sea quien tome el protagonismo.

Porque seamos sinceros: Odin se roba la película. Se lleva la cámara, los aplausos y buena parte de los méritos de que esta historia funcione emocionalmente. El personaje fue interpretado por varios perros durante la producción, pero la película consigue que nunca pensemos en eso mientras la estamos viendo. Para nosotros solamente existe Odin y rápidamente comenzamos a preocuparnos por él como si fuera nuestro propio perro. Durante la primera mitad estaba disfrutando muchísimo la aventura; para la segunda, en cambio, ya estaba genuinamente angustiado y hubo momentos en los que mis sentimientos llegaron al borde de las lágrimas.

David Ayer siempre me ha parecido un director irregular. Tiene películas que me gustan mucho y otras en las que siento que simplemente no consigue dar en el blanco, pero El corazón de la bestia me parece uno de sus trabajos más sólidos. Aquí no necesita complicar una historia que funciona precisamente gracias a su sencillez. Su dirección permite que la relación entre James y Odin permanezca siempre en el centro y entiende perfectamente que no necesitamos una enorme cantidad de personajes, diálogos o subtramas para mantenernos interesados.

También agradezco muchísimo que la película no alargue innecesariamente su historia. Con una duración aproximada de hora y media, tiene tiempo suficiente para desarrollar a sus protagonistas, hacernos sentir el peligro de su situación y construir ese vínculo emocional sin llegar al punto en el que uno comienza a preguntarse cuánto falta para que termine. Siempre he pensado que una película debe durar exactamente lo que necesita su historia, y en este caso el ritmo funciona muy bien.

Otro elemento que vale la pena destacar es lo bien que funciona El corazón de la bestia en una pantalla de cine. Los enormes paisajes de Alaska y esa sensación constante de aislamiento ayudan muchísimo a la historia, porque la naturaleza termina convirtiéndose prácticamente en otro personaje. Hay momentos en los que James y Odin parecen insignificantes frente a todo lo que los rodea y eso refuerza perfectamente la idea de que están completamente solos, dependiendo únicamente el uno del otro.

Sin embargo, después de terminarla, no fueron los paisajes ni las escenas de supervivencia lo que más se quedó conmigo. El corazón de la bestia es, para mí, una carta de amor a la perseverancia, a la supervivencia y, sobre todo, a la lealtad inquebrantable de los perros. Estos animales nos entregan muchísimo durante sus vidas y la película entiende perfectamente esa relación tan especial que podemos desarrollar con ellos. Por eso una historia tan sencilla puede terminar golpeando emocionalmente con tanta fuerza.

Brad Pitt está genial, David Ayer entrega una dirección sencilla pero muy efectiva y Odin se roba por completo una película que, inesperadamente, terminó convirtiéndose en una de mis favoritas del año. No quiero contarles más porque hacerlo significaría entrar en terrenos que vale mucho más la pena descubrir frente a la pantalla.

Lo único que puedo asegurarles es que cuando terminen de ver El corazón de la bestia probablemente van a tener ganas de abrazar a alguien. Abracen a su perro, a sus hijos, a su pareja, a su familia o a ese ser que siempre está ahí para ustedes. Quizá incluso salgan del cine mirando la vida un poquito diferente. Yo solamente sé que llegué pensando que iba a ver una película de supervivencia y terminé recordando una vez más por qué amo tanto a los perros.

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