Recuerdo cuando era niño tener muy presente la idea del infierno… o en este caso, el inframundo. Siempre fue algo negativo, casi prohibido, ese lugar al que iban las personas que hacían cosas malas. Para alguien que creció en los 90 y los dosmiles, esa idea estaba muy marcada. No había acceso inmediato a internet, no existían las redes como hoy, así que todo se construía entre creencias, historias y ese misterio que dependía de cada quien decidir si creer o no. Pero como pasa con todo, esa perspectiva empezó a cambiar.
Con el tiempo, especialmente a través del anime y el manga, el inframundo dejó de ser solo ese lugar de castigo. Se convirtió en escenario, en origen, en hogar de personajes que no necesariamente eran malos. Y ahí fue donde algo hizo clic en mí. Esa curiosidad creció, y hoy puedo decir que disfruto muchísimo las historias que, de una u otra forma, se atreven a explorar ese “otro lado» ese lugar que, exista o no, sigue cargando un magnetismo difícil de ignorar.
Y justo por eso, entrar a La granada del inframundo de Aya Kanno se sintió como regresar a esa idea de la infancia… pero sin filtros, sin suavizar nada. Aquí el inframundo no tiene matices amables, no intenta justificarse ni reinterpretarse: es un lugar hostil, pesado, donde todo parece estar mal desde su propia raíz.
Antes de comenzar esta reseña de La Granda del Inframundo quiero agradecer a Panini México por proporcionarme este tomo.
La historia sigue a Seiji, un estudiante de preparatoria que tiempo atrás logró volver del inframundo trayendo consigo una granada, un objeto que desde el inicio sabes que no debería existir en el mundo de los vivos y cuando decide comérsela, es como si activara algo que ya no se puede detener. Poco después pierde a Haru, su único amigo, en un accidente, y ese momento es clave porque lo que mueve a Seiji ya no es curiosidad, es dolor puro, desesperación, esa necesidad de no aceptar la pérdida, así que toma la decisión de regresar al inframundo para traerlo de vuelta pero el lugar al que llega ya no es el mismo, está sumido en un caos total por un golpe de estado provocado por la resurrección de Hades, el rey del inframundo, una figura que aquí se siente enorme, imponente, casi imposible de desafiar.
En medio de todo eso, Seiji no es solo un visitante, es alguien que ya pertenece en parte a ese mundo, porque haber comido la granada le da un poder, pero también lo ata más profundamente a ese lugar y termina atrapado en la casa de Hades, en medio de un conflicto que claramente lo supera. A partir de ahí, la historia se vuelve cada vez más tensa, más incómoda, porque ya no estás viendo a alguien intentando hacer lo correcto, estás viendo a alguien hundirse en algo que probablemente no tiene salida, y eso es lo que la vuelve tan atrapante. Visualmente, el manga refuerza todo esto de una forma brutal: el trazo de Aya Kanno se siente elegante pero al mismo tiempo sucio cuando lo necesita, las sombras pesan, los rostros se deforman, y los seres del inframundo no buscan empatía, al contrario, transmiten esa maldad casi instintiva que conecta muchísimo con esa idea que tenía de niño, como si este manga hiciera “canon” ese pensamiento de que todo lo que habita ahí está mal, que nada de eso debería cruzar a nuestro mundo.
Y es justo ahí donde termina de enganchar, porque no solo te cuenta una historia oscura, te deja con esa sensación constante de que lo peor aún no ha pasado, con esa incógnita que no se resuelve, con esa necesidad casi adictiva de querer leer el siguiente tomo para saber qué va a pasar con Seiji, hasta dónde puede llegar todo esto, si realmente hay una forma de regresar… o si desde que cruzó esa puerta, ya estaba condenado. Y ya para no contarles más porque la idea es que lo lean, La granada del inframundo no solo juega con esa fascinación que muchos tuvimos de niños por lo desconocido, sino que la retuerce y la convierte en algo más pesado, más doloroso porque te hace preguntarte si hay decisiones que, por más que nazcan del amor, terminan abriendo puertas que jamás debieron tocarse.
¡Me urge que salga el siguiente tomo!
