Cine Reviews | Depeche Mode: M

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Desde que era adolescente, Depeche Mode ha sido parte de mi vida. No los conocí en su época de oro, cuando el synth-pop los convirtió en pioneros de una generación, pero eso no impidió que me sumergiera en su música y comprendiera lo que realmente significan. Su sonido —esa mezcla única entre lo oscuro, lo emocional y lo electrónico— fue una puerta que me llevó a descubrir más de la historia de la música.

Antes de continuar quiero agradecer a Más que Cine Latam por hacernos llegar la invitación para la función especial de esta película, para la realización de esta reseña.

Tuve la oportunidad de verlos en vivo en el 2018, y esa experiencia fue casi espiritual. Pero Depeche Mode: M me llevó a un terreno diferente. Verlos en el cine fue reencontrarme con ellos desde otra perspectiva: no solo como músico y fan, sino como ser humano reflexionando sobre el paso del tiempo, sobre la vida y la inevitable cercanía de la muerte.

Dirigida por Fernando Frías, la película no se limita a registrar un concierto. Es una obra que entrelaza el sonido con el simbolismo, que convierte cada nota en una reflexión sobre lo que significa existir en un mundo donde lo analógico y lo digital se confunden. Frías logra capturar esa dualidad que siempre ha definido a Depeche Mode: una banda que desde sus inicios abrazó la tecnología, pero que nunca dejó que esta les robara el alma.

El documental utiliza la gira Memento Mori como punto de partida, pero el verdadero tema está en el título mismo: “Recuerda que morirás”. Lejos de ser un mensaje oscuro, se transforma en un recordatorio de que mientras estamos aquí, debemos sentir, crear y conectar. En cada secuencia del Foro Sol, en cada rostro del público, se percibe esa energía colectiva que celebra la vida a través de la música, justo como lo hace la cultura mexicana con la muerte.

Y ahí es donde Depeche Mode: M encuentra su magia. Frías entrelaza imágenes del concierto con escenas simbólicas que evocan el ciclo de la existencia, ese diálogo constante entre lo que se va y lo que permanece. La muerte, en este caso, no es el final, sino una transformación. Y la música se convierte en el puente que une ambos mundos.

El uso de la tecnología en el documental —desde los sintetizadores que vibran como máquinas vivas hasta las proyecciones que envuelven el escenario— refuerza esa idea de que lo artificial también puede ser humano. Depeche Mode siempre lo entendió: que una máquina puede llorar, que un circuito puede tener alma si la intención detrás es honesta. Y en este filme, esa conexión se siente más fuerte que nunca.

Sin embargo, también hay que decirlo: si no eres fan de la banda, tal vez el viaje no sea tan cómodo. La mitad del repertorio pertenece a sus lanzamientos más recientes, con Memento Mori (2023) como eje central. Es un álbum que habla de pérdida, duelo y aceptación, y por lo tanto, el tono general de la película es más introspectivo que explosivo. Solo unos cuantos temas clásicos aparecen —Everything Counts, Enjoy the Silence, Personal Jesus, Never Let Me Down Again, Wrong— y si vas esperando un repaso de grandes éxitos, puede que salgas con la sensación de que faltaron algunos.

Pero si eres seguidor de toda la vida, la experiencia es profundamente significativa. Depeche Mode: M no busca complacerte con nostalgia, sino recordarte por qué la banda sigue vigente: porque su arte no teme hablar de lo que nos asusta, de lo que evitamos mirar. En tiempos donde la tecnología domina cada aspecto de nuestras vidas, ellos siguen recordándonos que el alma no se puede programar.

Salí de la sala con una mezcla de emociones. Entre la melancolía, la gratitud y esa sensación de haber presenciado algo más que un simple concierto. Fue como asistir a un ritual moderno, donde la música sirve de espejo para mirar nuestra propia humanidad.

Depeche Mode: M no es solo una película. Es una reflexión sobre la mortalidad, sobre la conexión que existe entre la carne y el metal, entre lo digital y lo espiritual. Es una carta abierta a todos los que crecimos sintiendo que la tecnología no tenía por qué alejarnos de lo humano, sino ayudarnos a entenderlo mejor.

Y mientras los créditos finales caían, sentí que todo cobraba sentido. La vida y la muerte, la máquina y el alma, el sonido y el silencio… todo unido por una banda que, generación tras generación, sigue recordándonos lo más importante: que estamos aquí, vivos, escuchando.

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