Hay películas que no solo te cuentan una historia, sino que te dejan con una sensación extraña en el pecho, como si algo dentro de ti hubiera cambiado. HIM es una de ellas. Desde los primeros minutos me provocó una incomodidad difícil de explicar, una perturbación que —quiero creer— era justo lo que el director buscaba. Esa mezcla entre ambición, sacrificio y locura está tan bien planteada que terminas dudando si estás viendo una historia sobre fútbol americano o sobre los límites de la mente humana.
Antes de continuar, quisiera agradecer a Universal Pictures México por la invitación a esta función tan esperada.
La premisa engancha desde el inicio: un joven mariscal de campo que lo tiene todo por delante, pero una lesión lo lleva a perderlo todo… hasta que su ídolo le ofrece una segunda oportunidad. Y a partir de ahí, todo se vuelve más oscuro. Lo que parecía una historia de superación se transforma en una espiral de manipulación y obsesión, en un ritual disfrazado de entrenamiento. No sabes si lo que ves es real o una metáfora del sacrificio que exige ser el mejor.
Las secuencias visuales son buenas. Hay planos que te dejan pensando, otros que te confunden y algunos que simplemente no se borran de la mente. Pero también hay momentos en los que el ritmo parece perderse: pasas de una intensidad tremenda, de sentir ese “rush” de adrenalina, a un vacío total. Y curiosamente, ese contraste funciona. Te descoloca, te desespera… pero también te hace pensar en cómo es la vida misma: llena de altos, bajos y silencios incómodos.
Marlon Wayans sorprende con un papel serio, casi perturbador, y Tyriq Withers logra transmitir esa mezcla de miedo, frustración y deseo de ser alguien, de dejar huella. La dirección de Justin Tipping, junto con la producción de Jordan Peele, logra construir un entorno que se siente vivo, opresivo y profundamente humano.
HIM no busca complacerte. Te reta. Te revuelve. Te deja pensando en cuántas veces hemos sacrificado partes de nosotros mismos por un sueño, por un ideal, por ser “grandes”. No es una película perfecta, pero sí una que se siente. Una que duele. Una que, de alguna forma, logra meterse debajo de la piel.
Y cuando terminan los créditos, te quedas ahí, en silencio… preguntándote si la verdadera pesadilla no es la del protagonista, sino la nuestra: la de querer ser más, sin importar el precio y poniéndote a pensar si realmente has hecho algo en tu vida.
Recuerden que podrán verla en cinépolis
