Cine Reviews | Loco México Mágico

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El cine mexicano está en uno de sus mejores momentos, y no es una exageración. Si algo he notado últimamente es que nuestro hermoso país está dejando de lado esta tendencia de hacer comedias románticas genéricas y esa necesidad de presentar una realidad que solo existe en la mente de ese amigo que siempre tiene la necesidad de hablarte de criptomonedas y llevar lentes oscuros incluso en días nublados.

El cine mexicano siempre ha tenido historias interesantes que terminaban brillando en los festivales de todo el mundo, pero no en las salas de cine de nuestro país. Afortunadamente, esa tendencia ha desaparecido y eso ha permitido el paso de historias extraordinarias como Señora Influencer o Chilangolandia. Algo curioso es que ambas historias están dirigidas por Carlos Santos, quien en esta ocasión nos trae a salas de cine Loco México Mágico, una comedia que entiende la realidad nacional, inteligente y tremendamente entretenida, que lleva la famosa frase “sí se puede” y la lleva hasta sus últimas consecuencias.

Antes de continuar me gustaría agradecer a Distribución Cinépolis por permitirnos el acceso a la función de prensa de esta película. 

La nueva película de Carlos Santos parte de una premisa que parece salida de un chiste: un alcalde de Alvarado, Veracruz, decide que la mejor manera de convertir a su pueblo en un destino turístico internacional es hacer una película al estilo Hollywood. El problema es que ninguno de los involucrados sabe realmente cómo hacer una película.

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Así comienza una producción cinematográfica improvisada en la que un camarógrafo de XV años termina convertido en el director de la película más ambiciosa que la industria del cine nacional haya imaginado jamás, los habitantes del pueblo forman el equipo de producción y una estrella internacional termina involucrada en un proyecto que parece condenado al desastre desde el primer minuto. Y todo funciona, y funciona muy bien.

Porque el mayor acierto de Loco México Mágico es entender que el absurdo mexicano no necesita inventarse: solamente necesita reflejarse de manera correcta, y aquí es donde me doy cuenta de que esta película entendió algo que ha estado en nuestra cara toda la vida y que, aparentemente, como mexicanos no habíamos notado: el humor es una de las partes fundamentales de la vida diaria del mexicano.

El humor en algunas películas exitosas de comedia consiste en llevar una situación al punto más absurdo posible y generar comedia desde ahí. Para la sociedad mexicana, el absurdo es una parte de la realidad; entender eso permite que esta película juegue con el absurdo de la comedia, pero aun así permita al espectador identificar estas situaciones como una posibilidad.

El alcalde Benito no es el típico político corrupto de caricatura. Interpretado por Silverio Palacios, es un personaje mucho más reconocible: un político de medio pelo con aspiraciones enormes, convencido de que puede cambiar el destino de su municipio si consigue ponerlo en el mapa, que juega entre la necesidad de resaltar, de mejorar su propia carrera, pero también de mejorar la imagen del pueblo. Y su idea para conseguir todo eso es bastante absurda, pero no es algo que no haría un político, ese juego entre el absurdo y lo reconocible es la mayor fortaleza de esta película.

Tenemos al mexicano que aprendió en YouTube a hacer algo para lo que normalmente necesitaría años de experiencia. Al funcionario que aprovecha los recursos que tiene a su alcance. Al trabajador que, aunque sabe perfectamente que las cosas no están saliendo bien, sigue adelante porque ni modo que se quede a medias. Y a personajes que parecen caricaturas hasta que uno recuerda que probablemente conoce a alguien exactamente así.

La película toma esas conductas y las empuja hasta el límite, porque uno no piensa: “qué absurdo”. Uno piensa: “Heeee, sí somos”.

México tiene el realismo mágico; pero ahora también tiene el realismo absurdo.

Hay algo profundamente mexicano en la forma en que Loco México Mágico construye su comedia: El proyecto es ridículo, el plazo es ridículo, las capacidades del equipo también ridículas, las decisiones del alcalde mucho más ridículas.

Pero todos parecen convencidos de que pueden hacerlo. No porque crean que pueden de manera racional, más bien porque están empujados por el orgullo, por la necedad, incluso por la necesidad, porque es la única oportunidad de cambiar sus condiciones de vida, porque pocas cosas pueden mover más a un mexicano que su necesidad de no pasar hambre, Y esa convicción es precisamente la que vuelve posible lo imposible.

La película encuentra humor en ese ingenio mexicano que tantas veces funciona a partir de una mezcla extraña de improvisación, necesidad y confianza excesiva en que “como sea tiene que a salir”.

Lo interesante es que Carlos Santos no parece burlarse de sus personajes desde una posición de superioridad. Hace un ajuste horizontal: los personajes no son vistos ni desde el paternalismo del “pobre bueno y rico malo”, ni desde el cinismo y desconexión del privilegio. Nos muestra personajes con fallos y vicios, pero también con virtudes y esperanzas.

El alcalde puede tomar decisiones absurdas, pero sus intenciones no necesariamente son maliciosas. Juan parece estar resignado a su realidad, pero realmente quiere convertirse en director. El pueblo puede tener las fallas de toda comunidad mexicana, pero también la voluntad y virtud colectiva que muchas comunidades también tienen, Y entonces aparece uno de los elementos más interesantes de la cinta: la película que los personajes están filmando. Porque si la historia exterior ya es absurda, la historia interior decide subir todavía más la apuesta

Una arqueóloga de la UNAM encuentra una piedra capaz de producir felicidad. Estados Unidos descubre su existencia y pretende apropiársela para solucionar la crisis de depresión de su población.

La premisa es una exageración de ciertos imaginarios culturales, México, el país pobre y aparentemente condenado al fracaso, posee aquello que la superpotencia económicamente poderosa no puede producir por sí misma, ellos tienen dinero, nosotros tenemos felicidad, es una fantasía de revancha cultural, pero también una burla a esa idea tan extendida de que los países pobres pueden ser miserables económicamente y, aun así, “son felices porque no necesitan nada”.

La película lleva esa contradicción hasta el absurdo y la convierte en una aventura de Hollywood protagonizada por mexicanos de Alvarado.

A partir de aquí vienen los spoilers, así que te puedes saltar esta parte si no quieres saber nada de esta película. Te avisaré cuando puedas continuar leyendo.

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La mejor parte de esta historia: la película que están filmando empieza a parecerse cada vez más a la película que nosotros estamos viendo.

Aquí es donde Loco México Mágico deja de ser solamente una comedia y se convierte en esta idea de mezclar lo absurdo con lo real y llevarlo a una postura artística.

Durante buena parte de la historia podemos distinguir perfectamente dos mundos: Está la realidad de un pueblo tratando de filmar una película, y está la ficción, una aventura sobre una piedra mágica, arqueólogos, estadounidenses y una conspiración internacional, pero hacia el final, esa frontera comienza a desaparecer.

Los protagonistas de la película aparecen con golpes y cicatrices que corresponden a los acontecimientos de la película que filmaron. Y la película comienza a editar simultáneamente ambos acontecimientos: la ficción que ocurre dentro de la película y la propia película que nosotros estuvimos viendo empiezan a mezclarse, como si el cine que Juan y los habitantes de Alvarado hicieron hubiera dejado de ser solamente una película y ahora formara parte de sus vidas.

Y eso resulta especialmente poderoso porque toda la película comenzó justamente con un político intentando utilizar el cine para fabricar una realidad nueva para su pueblo, y la película termina justamente desdibujando esa realidad y mezclándola con la película.

Ya puedes continuar leyendo.

Carlos Santos escribe y dirige la película, después de haber trabajado en cintas como Chilangolandia, Señora Influencer y ¡Qué huevos, Sofía!. En esta ocasión vuelve a utilizar el humor absurdo como punto de partida, pero lo combina con una mirada sobre identidad, comunidad e ingenio mexicano.

El reparto está encabezado por Silverio Palacios, quien interpreta a Benito, el alcalde obsesionado con convertir Alvarado en un fenómeno internacional. A su lado está Daniel Sosa como Juan, el camarógrafo de bodas y XV años que termina cumpliendo el sueño de dirigir una película. Sosa debuta aquí como protagonista cinematográfico y debo decir que, una disculpa a Daniel Sosa, nunca fui fan de su trabajo. Probablemente incluso ahora su trabajo como comediante no me parezca el mejor, pero su talento como actor carrea esta película por completo gracias al excelente trabajo que hace.

Todo el elenco es una maravilla. Silverio Palacios es gracioso y un político horroroso, pero a la vez un personaje gracioso y con carisma. Y Sofía Carrera inicia como esta estrella pop superficial y termina convirtiéndose en una chica adorable, empática y con corazón, ellos y el resto del elenco logran un trabajo tan bueno, permitiéndote empatizar con ellos, que convierte esas actuaciones en la clave para permitir a los espectadores sentirse conectados con todos los hechos que ocurren en el último acto.

Loco México Mágico podría haberse quedado en una colección de chistes sobre un alcalde y su ridículo proyecto, pero Loco México Mágico es una comedia que juega con las características más absurdas, pero a la vez más reconocibles de nuestra cultura, y las convierte en una de las historias cinematográficas más divertidas de este año.

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