Cine Reviews | Cumbres Borrascosas

Cumbres-Borrascosas

La nueva versión de Wuthering Heights, dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Margot Robbie junto a Jacob Elordi, no es simplemente otra adaptación del clásico de Emily Brontë: es una reinterpretación que decide abrazar la intensidad, la incomodidad y el exceso emocional sin pedir disculpas.

Antes de continuar, quiero agradecer a Warner Bros. Pictures MX por la invitación para la función de esta película y por permitirnos vivir esta experiencia en pantalla grande.

Desde el primer momento se siente que no estamos ante una versión tradicional. La película no busca reproducir con solemnidad la novela, sino capturar esa sensación de amor salvaje, casi animal, que desgarra más de lo que consuela. Fennell entiende que Cumbres borrascosas no es una historia romántica en el sentido clásico, sino una tragedia emocional donde el amor y el resentimiento son prácticamente indistinguibles. Y esa idea la lleva al extremo, construyendo una experiencia sensorial que por momentos resulta asfixiante, pero también profundamente hipnótica.

Margot Robbie ofrece una Catherine que se aleja del molde delicado y etéreo que muchas adaptaciones han construido. Su Cathy es visceral, impulsiva, orgullosa, consciente de su poder y al mismo tiempo víctima de sus propias decisiones. Hay una energía feroz en su interpretación, una mezcla entre fragilidad y arrogancia que hace que el personaje sea tan magnético como desesperante. No intenta que la ames; intenta que la entiendas en su contradicción. Y eso la vuelve mucho más humana.

Jacob Elordi, como Heathcliff, construye un personaje contenido pero cargado de oscuridad. Su mirada tiene más peso que muchos diálogos. No es un villano caricaturesco, pero tampoco un héroe romántico. Es resentimiento acumulado, es herida abierta que nunca cicatriza. La película acentúa su transformación emocional con una puesta en escena que acompaña cada ruptura interna: silencios largos, encuadres cerrados, momentos donde el viento y el paisaje parecen gritar lo que los personajes no pueden decir.

Visualmente, la cinta apuesta por una estética más contemporánea de lo que algunos puristas esperarían. Hay decisiones estilísticas que rompen con el imaginario clásico victoriano y acercan la historia a una sensibilidad moderna, casi como si quisieran recordarnos que estas emociones siguen siendo actuales. La pasión no tiene época, el orgullo no entiende de siglos, y el dolor de un amor imposible puede sentirse igual hoy que en 1847.

Lo interesante es que esta versión no suaviza la toxicidad del vínculo entre Cathy y Heathcliff. No intenta justificarla ni romantizarla de forma ingenua. La muestra en toda su crudeza: miradas que duelen, palabras que hieren más que cualquier golpe, decisiones tomadas por orgullo que condenan a generaciones enteras. Hay escenas que incomodan precisamente porque reflejan cómo el amor puede convertirse en posesión, cómo el deseo puede mutar en necesidad enfermiza.

Y sin embargo, pese a toda esa oscuridad, hay momentos de una belleza devastadora. Instantes donde parece que ambos personajes realmente se reconocen como dos mitades del mismo caos, como si el mundo entero fuera demasiado pequeño para contener la intensidad de lo que sienten. Esa dualidad es lo que sostiene la película: la constante tensión entre lo sublime y lo destructivo.

No es una adaptación para todos. Habrá quienes la encuentren excesiva o demasiado estilizada. Pero es innegable que tiene personalidad. Se siente como una obra con postura, con intención clara, que no busca agradar a todos sino provocar conversación. En tiempos donde muchas adaptaciones literarias optan por lo seguro, esta decide arriesgar.

Al final, sales con una sensación extraña, como si hubieras presenciado algo íntimo y peligroso al mismo tiempo. No es una historia que reconforte; es una historia que deja eco. Y quizá ahí está su mayor virtud: recordarnos que el amor, cuando se mezcla con orgullo y rencor, puede ser tan imparable como una tormenta en los páramos.

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