Gaming Reviews | DRAGON QUEST I & II HD-2D Remake

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Hay lanzamientos que se sienten como regalos, y este es uno de ellos. Personalmente, me llena de alegría tener un nuevo título de Dragon Quest este año, y más aún sabiendo que se trata de una entrega principal, parte del corazón de la saga. Pero lo que realmente me emociona es que llega en ese estilo HD-2D que Square Enix ha perfeccionado con tanto cariño, convirtiendo píxeles en poesía visual.

Ver cómo esta franquicia, que durante años fue un tesoro escondido para muchos, empieza a ganar terreno y reconocimiento fuera de Japón, me da esperanza. Poco a poco, Dragon Quest se está haciendo más conocida, más querida, y sé que llegará el día en que conquiste el mundo… o al menos, que se convierta en un nombre familiar y respetado en este lado del charco. Y cuando eso pase, quienes la hemos seguido desde sus días en NES sabremos que valió la pena esperar.

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Comenzamos

Antes de comenzar agradecemos a Square Enix Latam por habernos proporcionado una copia del juego previa a su lanzamiento, para poder tener este análisis justo en la fecha de salida.

Volver a Dragon Quest I y II en esta nueva versión HD-2D fue, para mí, como abrir un libro que ya conocía de memoria, pero que ahora venía ilustrado a todo color, con páginas nuevas y anotaciones al margen que le daban más profundidad.

Especificaciones:

🖥️ Tarjeta gráfica: NVIDIA GeForce RTX 3050
⚙️ Procesador: Intel Core i5-10400F
🧠 RAM: 16GB
💾 Almacenamiento: 1TB SSD M.2
❄️ Refrigeración: Disipador por aire

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Jugué estos títulos juntos por primera vez en Game Boy Color, allá por el año 2000, cuando apenas comenzaba a entender qué era un JRPG. En ese entonces, me atraparon por su sencillez, por esa sensación de aventura pura, sin adornos. Pero también recuerdo que eran juegos cortos, con estructuras muy básicas, y por eso siempre pensé que la mejor forma de revivirlos era en un paquete conjunto. Ahora, más de dos décadas después, los volví a jugar en PC, y aunque tenía cierto temor de que no resistieran el paso del tiempo, la experiencia me sorprendió para bien. No sé si fue porque ya sabía qué hacer, o porque las mejoras de calidad de vida realmente hacen una diferencia, pero terminé cada juego en unas 20 horas, y lo hice con una sonrisa casi permanente.

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Historia

La historia de Dragon Quest I es, en esencia, una leyenda contada al calor de una fogata. El Señor Dragón amenaza el reino, la princesa ha sido secuestrada, y tú, descendiente de Erdrick, debes restaurar la paz. Es una narrativa sencilla, casi arquetípica, pero en esta versión se siente más viva. No solo por los nuevos diálogos o las escenas añadidas, sino porque el mundo de Alfgard ahora está habitado por personas que parecen tener vidas propias. Hay aldeanos que hablan de sus miedos, soldados que dudan, y pequeños eventos que, sin cambiar la trama central, le dan textura al viaje. Además, se han añadido misiones secundarias que conectan con Dragon Quest II y preparan el terreno para Dragon Quest III, lo cual le da una cohesión narrativa que antes no existía. No es una historia compleja, ni pretende serlo, pero sí es una historia que ahora se siente más completa, más consciente de su lugar dentro de una trilogía.

Dragon Quest II, por su parte, da un salto importante en ambición. Aquí ya no eres un héroe solitario, sino parte de una línea de sangre que se extiende por varios reinos. La historia comienza con una tragedia: el reino de Moonbrook es arrasado por monstruos, y su princesa apenas logra escapar. A partir de ahí, se forma un grupo de tres personajes —el príncipe de Midenhall, el príncipe de Cannock y la princesa de Moonbrook— que emprenden un viaje para detener una nueva amenaza. Lo que más me gustó es que, a diferencia de Dragon Quest II, donde los personajes eran mudos y sin personalidad, aquí cada uno tiene voz, historia y motivaciones. Hay diálogos entrañables, momentos de tensión, y una dinámica de grupo que se siente genuina. La adición de una cuarta integrante, la princesa de Cannock, le da aún más sabor al grupo: es impulsiva, joven, y a veces impredecible en combate, lo cual se refleja también en su comportamiento narrativo. Esta entrega logra algo difícil: hacer que una historia simple se sienta emocionalmente rica gracias a los pequeños momentos, a las interacciones entre personajes y a la forma en que el mundo reacciona a su presencia.

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Jugabilidad

La jugabilidad en ambos títulos mantiene la esencia clásica del combate por turnos, pero con suficientes ajustes como para sentirse moderna. En Dragon Quest I, el hecho de que solo controles a un personaje cambia por completo la dinámica. No hay sanadores, ni magos, ni compañeros que te cubran las espaldas. Cada decisión cuenta, y cada error se paga caro. Sin embargo, esta versión añade habilidades especiales, nuevos hechizos y un sistema de progresión más robusto que el original. Puedes encontrar pergaminos que te enseñan técnicas únicas, y eso hace que tu héroe se sienta como un ejército de un solo hombre. También se han añadido combates contra múltiples enemigos, lo cual cambia la estrategia por completo. Ya no puedes confiar en que cada pelea será uno a uno; ahora debes pensar en cómo manejar grupos, en qué habilidades usar, y en cuándo retirarte.

Dragon Quest II, en cambio, se siente como el punto de consolidación del sistema. Tienes un equipo balanceado: un protagonista centrado en el ataque físico, un príncipe que combina magia y fuerza, una princesa que actúa como maga de apoyo, y una cuarta integrante que es un comodín. Esta última, la princesa de Cannock, a veces ignora tus órdenes y lanza ataques o hechizos aleatorios, lo cual puede ser útil… o desastroso. Es un detalle que añade sabor, aunque también puede frustrar en momentos críticos. El sistema de combate permite automatizar acciones, ajustar la velocidad de las batallas y usar tácticas predefinidas, lo cual hace que el ritmo sea mucho más ágil. Aun así, me hubiera gustado una opción para desactivar los encuentros aleatorios, especialmente cuando solo quieres explorar o regresar a un punto específico. También noté que, incluso en la velocidad más alta, el combate podría ser aún más rápido para facilitar el grind. Pero en general, el sistema es sólido, variado y muy disfrutable.

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Gráficos

El estilo HD-2D que Square Enix ha venido perfeccionando en los últimos años encuentra en Dragon Quest I y Dragon Quest II uno de sus mejores lienzos. Desde el primer momento, se nota que estos mundos fueron reconstruidos con una sensibilidad artística que busca no solo embellecer, sino evocar. Los campos abiertos, los pueblos iluminados por faroles, las cuevas que respiran misterio y los templos que parecen suspendidos en el tiempo… todo se ve como lo imaginábamos cuando jugábamos en Game Boy, pero ahora con una riqueza visual que por fin le hace justicia a nuestra memoria. Es como si los recuerdos pixelados de hace décadas hubieran sido restaurados con pinceladas de luz, profundidad y textura.

La paleta de colores es cálida, envolvente, y cada región tiene una identidad visual clara. Los efectos de agua, las sombras dinámicas, el desenfoque suave en los fondos y la iluminación ambiental logran que cada escena tenga atmósfera. Me encantó que ahora los personajes tienen animaciones diagonales, algo que muchos juegos del estilo han ignorado por años. Y aunque fuera de combate los sprites pueden sentirse algo rígidos —con caminatas un tanto mecánicas y pocas expresiones faciales—, en batalla todo cobra vida. Los monstruos están bellamente animados, con movimientos fluidos y expresivos que hacen que cada encuentro se sienta especial. Ver a un Slime saltar con rebote real o a un Dragón rugir con presencia es una delicia visual que no esperaba disfrutar tanto.

También hay que reconocer que, aunque algunos sprites no se integran tan perfectamente como en otros títulos HD-2D como Live A Live o Triangle Strategy, el conjunto visual aquí tiene una coherencia que lo compensa. Es cierto que los personajes a veces parecen flotar sobre los escenarios, pero eso no impide que el mundo se sienta vivo. Me hubiera gustado ver más variedad en las animaciones fuera de combate, especialmente en escenas clave, pero entiendo que el enfoque estuvo en mantener la estética clásica sin sobrecargarla. En resumen, estos remakes no solo modernizan el aspecto gráfico de Dragon Quest I y Dragon Quest II, sino que lo elevan a una forma que se siente como la versión definitiva de lo que estos mundos siempre quisieron ser.

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Dificultad

La dificultad en Dragon Quest I es irregular. Al principio, todo parece manejable, pero hay picos que pueden sentirse injustos, especialmente cuando enfrentas a varios enemigos sin posibilidad real de defenderte. Hay momentos en los que sabes que vas a perder, pero el juego no te lo permite aceptar de inmediato. Afortunadamente, el guardado automático después de cada combate mitiga la frustración. En Dragon Quest II, la curva está mejor balanceada. Rara vez me sentí subnivelado, y eso que no hice mucho grinding explícito. Simplemente avanzando y enfrentando lo que aparecía, logré mantenerme al día. Aun así, hay zonas que castigan la exploración prematura, y un par de jefes que pueden sorprenderte si no estás preparado. Me gustó que el reto nunca se sintiera artificial, pero sí creo que podrían haber afinado un poco más el equilibrio en el primer juego. De todos modos, si llegaras a tener problemas con esto, tienes la opción de seleccionar entre 3 niveles de dificultad y cambiarlo en cualquier momento del juego sin que afecte la historia.

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Contenido

Una de las cosas que más me sorprendió al volver a Dragon Quest I y Dragon Quest II fue descubrir cuánto contenido se ha añadido sin alterar la esencia que los hizo memorables. Estos juegos, que en su momento eran experiencias breves y contenidas, ahora se sienten mucho más densos, más vivos. No por su duración —que sigue siendo relativamente corta— sino por la riqueza de momentos, sistemas y detalles que se han incorporado con cuidado. Desde el inicio, se nota que hay una intención clara de expandir el mundo sin romperlo. Hay nuevas escenas, misiones secundarias, diálogos que conectan con Dragon Quest III, y una narrativa que se entrelaza con el resto de la trilogía de forma mucho más orgánica. El mundo de Alfgard, por ejemplo, ya no es solo un mapa por recorrer, sino un lugar habitado por personas con historias, preocupaciones y vínculos que le dan vida.

También se han añadido sistemas de progresión que enriquecen la jugabilidad. Los pergaminos y mini medallas no solo sirven como coleccionables, sino que desbloquean habilidades únicas, hechizos especiales y mejoras permanentes. Esto le da al jugador una razón más para explorar cada rincón, hablar con cada NPC y desviarse del camino principal. Me gustó mucho que el juego no se siente como una carrera hacia el final, sino como una invitación a descubrir. Incluso los marcadores de objetivo, que puedes activar o desactivar, ayudan a mantener el ritmo sin quitarte la libertad de perderte un poco. Y aunque no hay contenido adicional como el Monster Wrangler de Dragon Quest III, lo que hay aquí se siente suficiente, bien distribuido y pensado para que cada hora de juego tenga peso.

Además, el contenido emocional también ha crecido. Hay escenas que te sacan una sonrisa, otras que te sorprenden por su ternura, y momentos que, sin necesidad de grandes giros narrativos, logran tocarte. Me encontré riendo con los diálogos entre los personajes, especialmente en Dragon Quest II, donde la dinámica del grupo se vuelve cada vez más entrañable. Y aunque no todo está doblado, las líneas con voz están bien elegidas y ayudan a reforzar los momentos clave. En conjunto, esta versión no solo ofrece más contenido que los originales, sino que lo presenta con una sensibilidad moderna, sin perder el encanto clásico. Es una experiencia que respeta su historia, pero que también sabe que estamos en 2025, y que los jugadores de hoy buscan algo más que nostalgia.

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Lo Positivo

Lo que más me sorprendió —y me alegró— de este remake es lo bien que logra equilibrar el respeto por el pasado con una visión moderna y accesible. No se siente como un simple lavado de cara, sino como una restauración cuidadosa, hecha con cariño y con un entendimiento profundo de lo que hace especial a Dragon Quest. El estilo HD-2D, que ya me había encantado en otras entregas, aquí brilla con una calidez particular: los campos abiertos, las ciudades iluminadas por faroles, las cuevas que respiran misterio… todo se ve como lo imaginábamos en nuestra cabeza cuando jugábamos en una pantalla monocromática hace más de veinte años. La música, completamente reorquestada, le da una nueva dimensión a esas melodías que ya conocíamos, y aunque algunas se repiten más de lo ideal, siguen siendo hermosas y evocadoras.

Pero más allá de lo técnico, lo que realmente me tocó fue cómo estos juegos, que en su momento eran simples y hasta esquemáticos, ahora se sienten vivos. En Dragon Quest I, el hecho de que el héroe esté solo no se percibe como una limitación, sino como una declaración de intenciones: eres tú contra el mundo, y eso le da una fuerza narrativa única. En Dragon Quest II, el grupo cobra vida con personajes que tienen nombre, voz, historia y personalidad. La dinámica entre ellos —especialmente con la inclusión de la princesa de Cannock— es entrañable, y le da al viaje una dimensión emocional que no esperaba. Me gustó mucho que el juego se atreviera a añadir contenido nuevo, a expandir escenas, a conectar mejor con el resto de la trilogía. Se nota que hubo una intención clara de no solo preservar, sino enriquecer.

También agradezco profundamente las mejoras de calidad de vida. El guardado automático, las batallas automáticas, los marcadores de objetivo, la posibilidad de ajustar la velocidad del combate… todo eso hace que la experiencia sea mucho más fluida, sin sacrificar el reto. Y aunque terminé cada juego en menos de 20 horas, nunca sentí que me faltara algo. Al contrario: fue como leer una buena novela corta, de esas que se quedan contigo mucho después de haberlas cerrado. En un panorama donde los RPGs tienden a durar 80 o 100 horas, tener dos aventuras compactas, bien diseñadas y emocionalmente satisfactorias es un verdadero regalo. Y si a eso le sumamos que se trata de dos pilares fundacionales del género, rehechos con tanto cuidado, entonces sí: esto no es solo un buen remake. Es una celebración.

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Lo Negativo

Aunque disfruté muchísimo esta nueva versión de Dragon Quest I y II, hay varios puntos que me dejaron pensando en lo que aún podría mejorar. El primero, y quizá el más evidente, es la falta de una opción para desactivar los encuentros aleatorios. En pleno 2025, y con tantos JRPGs modernos que ya permiten explorar sin interrupciones constantes, se siente como una omisión importante. Sí, el sistema de combate automático ayuda a que el grind sea menos tedioso, pero cuando solo quieres regresar a un pueblo o buscar un objeto específico, tener que pelear cada tres pasos puede volverse agotador. También me pareció que, incluso en la velocidad más alta, el ritmo de las batallas podría ser más ágil. Hay momentos en los que el texto vuela demasiado rápido y terminas perdiendo información útil, y otros en los que, si bajas la velocidad, todo se vuelve innecesariamente lento. Un simple registro de texto en combate solucionaría esto, pero no está presente.

En cuanto al balance de dificultad, Dragon Quest I tiene picos que pueden sentirse injustos, especialmente cuando enfrentas a varios enemigos sin posibilidad real de defenderte. Hay combates que, desde el primer turno, sabes que vas a perder, pero el juego no te lo permite aceptar de inmediato. Y aunque el guardado automático después de cada pelea mitiga la frustración, sigue siendo incómodo tener que pasar por el trámite de una derrota inevitable. En Dragon Quest II, el balance está mejor logrado, pero también hay zonas que castigan la exploración prematura sin previo aviso. Me encontré con enemigos que me eliminaron de un solo golpe por haberme desviado apenas un poco del camino principal.

Finalmente, me parece una oportunidad perdida que no se haya incluido alguna forma de comparar estas versiones modernas con los juegos originales. No pido que estén integrados como parte del paquete, pero incluso una galería, un modo clásico o algún tipo de homenaje visual habría sido un gesto bonito para quienes venimos siguiendo la saga desde hace décadas. Y aunque la música orquestada es hermosa, escuchar el mismo tema de pueblo en cada ciudad puede volverse repetitivo. Entiendo que Koichi Sugiyama ya no está para componer nuevas piezas, pero un poco más de variedad habría elevado aún más la experiencia.

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Dragon Quest I & II HD-2D Remake es justo lo que esperaba: respeto por los originales, mejoras significativas y una presentación que los hace brillar en 2025. Son aventuras clásicas, cortas pero bien diseñadas, y perfectas para quienes quieren revivir el origen del JRPG sin complicaciones.

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RANK 4/5

Me gustó más que Dragon Quest III, y eso no lo digo a la ligera. Tal vez fue por el contexto, por haber jugado tres antes, o simplemente porque estos dos juegos tienen una vibra más íntima, más contenida, más emocional. Si alguna vez te preguntaste cómo empezó todo, esta es la mejor forma de vivirlo sin tener que desempolvar un NES.

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