El terror tiene muchas formas, y como genero este ha evolucionado de manera constante a lo largo de la historia del cine, sin embargo, Good Boy podría ser uno de los experimentos cinematográficos más innovadores hasta ahora.
Antes de continua con la reseña quiero agradecer a Zima Entertainment, por la invitación a la función especial de esta película para la realización de esta reseña.
La película no me ha soltado desde que la vi. No por sus sustos, que los tiene, sino por la tristeza que se queda rondando cuando las luces se encienden. Dirigida por Ben Leonberg y protagonizada por Shane Jensen junto a Indy (el perro real del director), Good Boy es una historia de fantasmas, pero contada desde los ojos de quien menos entendemos y más nos ama: un perro.
Desde su arranque, la película se siente íntima y perturbadora. Todd se muda con su perro Indy a la casa de su abuelo tras enfermar, y pronto comienzan a ocurrir cosas que solo Indy percibe.
Lo primero que sorprende es lo novedoso del concepto. La película está narrada a ras de piso, desde la perspectiva literal de nuestro protagonista canino Indy, y eso la convierte en una experiencia cinematográfica única. No es solo un truco visual: es una manera de reconfigurar cómo entendemos el género. Al ver el mundo desde esta mirada, el horror se vuelve sensorial, y de cierta manera te hace sentir más vulnerable. Solo por esa decisión tan arriesgada, honesta y profundamente inmersiva la película ya merece una oportunidad.
La historia por otro lado es sencilla: Todd el dueño Indy, decide mudarse a la casa de su abuelo tras enfermar, y pronto comienzan a ocurrir cosas que solo Indy percibe, enfrentando sucesos terroríficos y un peligro constante que parece atacar a su familia desde hace mucho.
Leonberg utiliza recursos muy propios del cine de terror clásico: movimientos de cámara que insinúan lo invisible, sonidos que no siempre vemos pero que sentimos, y una narrativa que te mantiene en modo defensivo permanente, si bien estas características son propias del cine de terror, la perspectiva y la vulnerabilidad de Indy le dan un giro que brinda mucha más tensión al espectador. La película no se apoya en sobresaltos fáciles ni en efectos vistosos; construye la ansiedad lentamente, te envuelve en ella y te hace vivir cada segundo con un nudo en el estómago.
Si bien Good Boy tiene un ritmo inicial que puede sentirse algo lento, es parte de la construcción: te acostumbras al mundo desde la mirada de Indy, aprendes a percibir lo que él percibe, y entonces el terror se vuelve más profundo y personal. Cada susurro, cada sombra, cada indicio de que algo acecha se convierte en una experiencia sensorial intensa.
Más allá del miedo, la película también propone una reflexión sobre el vínculo entre nosotros y nuestras mascotas y cómo este vínculo puede sostenernos incluso en los momentos más difíciles. Pero el corazón de la experiencia sigue siendo el terror: una sensación constante de vulnerabilidad que se mantiene incluso cuando uno cree estar preparado.
Good Boy es una película que no se olvida fácilmente. No por lo que cuenta, ya que tiene sus carencias, sino por cómo te hace sentir, cómo logra ambientarte en un mundo donde el peligro acecha y la tensión nunca cede. Es un experimento cinematográfico que demuestra que el terror más efectivo no siempre es lo que vemos, sino lo que sentimos.
Definitivamente es un viaje que vale la pena y que espero que disfruten tanto como yo lo he hecho
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