Cine Reviews | Cacería de Brujas

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Soy un incondicional de Luca Guadagnino. Siempre lo he sido. Tiene un don único para transformar momentos de quietud en algo que te consume por completo. Sus películas nunca tratan realmente sobre lo que sucede en la superficie; son sobre lo que hierve a fuego lento bajo ella: los sentimientos que intentamos enterrar, las palabras que no nos atrevemos a pronunciar. Cacería de Brujas es el ejemplo perfecto de esto. Es una película incómoda que no siempre te da respuestas, pero que te obliga a convivir con esa incomodidad, a pensar, a debatir con tus propios instintos mucho después de que acabe. Y, sinceramente, me encantó por eso.

Antes de continuar, quisiera agradecer a Sony Pictures México por la invitación a la función de medios.

Esta no es una película para todos, y sospecho que incluso muchos seguidores de Guadagnino podrían no conectar con ella. Su sello como autor está presente y en plena forma —es difícil cuestionar la dirección brillante, la fotografía impecable o las actuaciones de primer nivel—, pero el conflicto para muchos estará en la trama, que puede describirse sin rodeos como deliberadamente incómoda y provocadoramente cruda.

La película comienza con una provocadora tarjeta de título: «Ocurrió en Yale». Julia Roberts es Alma Imhoff, una profesora de filosofía en la carrera por la titularidad cuya belleza contenida esconde una profunda desilusión. Andrew Garfield interpreta a Hank, su colega, igualmente aspirante a la titularidad, cuya seguridad roza la arrogancia. Y en el centro del torbellino está Ayo Edebiri como Maggie, su brillante estudiante de doctorado, joven, negra e hija de un multimillonario.

El conflicto estalla después de una fiesta en la casa de Alma y su marido psiquiatra, Frederik (Michael Stuhlbarg). Maggie acusa a Hank de conducta sexual impropia; él contraataca alegando que lo está chantajeando porque él descubrió su plagio. La película se niega a ser un thriller sobre «a quién creer». En cambio, utiliza este incidente como un bisturí para diseccionar algo mucho más complejo: la cultura de la cancelación, la hipocresía intelectual y la brutal guerra generacional que se libra en el campo de batalla de la verdad contemporánea.

Julia Roberts entrega una actuación tan compleja y matizada que casi puede verse cada dilema moral reflejado en su rostro. Hay una tristeza profunda en su mirada, una forma de contener sus emociones que, por momentos, la hace parecer fría o distante. Sin embargo, su interpretación es profundamente humana y conmovedora. Sin duda, una de las mejores de su carrera. Por su parte, Andrew Garfield aporta una energía frágil y vulnerable que contrasta y complementa a la perfección la contención de Roberts, formando un dúo actoral tan potente como hipnótico.

Lejos del lenguaje visual convencional y de los encuadres planos típicos de muchas producciones de streaming, Guadagnino se arriesga constantemente. La confrontación entre Alma y Maggie está filmada con tomas en picado que aplastan visualmente a los personajes, reflejando la asimetría de poder. La escena en el restaurante entre Hank y Alma, con sus reflejos en cristales que distorsionan la realidad, es puro virtuosismo. La cámara es un testigo inquieto, un participante más en este juego de apariencias.

La razón por la que Cacería de Brujas no resonará con todos es su presentación desapegada y cínica del discurso político estadounidense. Movimientos como el #MeToo, Black Lives Matter e incluso el transgenerismo son retratados como herramientas que una clase académica y mediática egoísta utiliza para fines nefastos. ¿Critica la película a estos movimientos? No directamente. Y esa es la fuente de una tensión incómoda.

Guadagnino se niega a apaciguar las sensibilidades de cualquier audiencia con una precisión quirúrgica. No condena ni aprueba las grandes ideas, sino que escudriña a los personajes pequeños y sus mezquinas motivaciones. Mientras Edington mostraba una locura impulsiva y colectiva, Cacería de Brujas trata sobre una locura deliberada: la de aquellos que son atraídos al mal por un deseo de control. La acusación de Maggie es un examen de aquellos que hacen el mal a sabiendas mientras dan lecciones hipócritas de moralidad.

Alma, la protagonista, es la hipócrita por excelencia. Pasa la película intentando resolver los problemas de todos, mientras ignora a quien genuinamente la quiere y a sus propios demonios internos que la están destruyendo. El epílogo lo deja claro: después de la caza, después de todo el dolor, estas personas no han aprendido nada. Vuelven a sus viejos juegos, conectados pero completamente desconectados, mientras el mundo arde a su alrededor. El plano final subraya que están impulsados únicamente por la búsqueda hedonista de dinero y placer, usando la reputación como moneda de cambio.

Cacería de Brujas no es una película cómoda ni fácil de digerir. No es de esas cintas que ves para relajarte. Al contrario, es como una sesión de tortura emocional: intensa, incómoda y difícil de soportar. Pero justo ahí está su grandeza.

Esta historia no se trata de tomar partido. No busca decirte quién tiene la razón. Más bien, se enfoca en retratar con brutal honestidad a sus personajes y las situaciones que enfrentan. Son reales, palpables. Y lo que verdaderamente atrapa es cómo cada uno percibe lo que está ocurriendo. No importa tu postura política, porque ese no es el centro del relato. Lo que importa es la introspección, la culpa y la búsqueda de una verdad personal. Es ese tipo de cine que te obliga a reflexionar, a debatir cada decisión y a preguntarte: “¿yo qué habría hecho en su lugar?”

Sí, el ritmo es pausado y por momentos se siente la duración. Algunos personajes podrían estar mejor desarrollados. Pero Cacería de Brujas es una obra valiente, profundamente personal para Guadagnino, que exige paciencia y atención del espectador. No da respuestas fáciles, porque —como bien dice Alma en su clase de filosofía— muchas veces juzgamos a los demás para sentirnos moralmente superiores. Pero al señalar con un dedo, tres apuntan hacia nosotros.

Si lo tuyo es el cine con respuestas claras y tramas que avanzan rápido, esta película quizá no sea para ti. Pero si, como a mí, te apasionan las historias que te retan, que te dejan pensando y que necesitas comentar apenas terminan, entonces Cacería de Brujas es, sin duda, una de las experiencias cinematográficas más intensas y enriquecedoras del año.

Junto con Eddington, Cacería de Brujas se ha convertido en una de mis películas favoritas del año. Y aunque no es para todos los públicos (especialmente para quienes buscan historias con respuestas inmediatas y acción constante), yo la disfruté muchísimo. De hecho, ya tengo ganas de volver a verla, para descubrir si una segunda mirada me permite entenderla desde otra perspectiva.

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