En México, y quizá en buena parte del mundo, no existe una verdadera cultura del documental. La promoción y distribución de este género suelen ser escasas, y desde pequeños no se nos enseña a apreciarlo. Incluso yo, confieso, no soy asiduo a ver documentales. Me interesa conocer los nominados al Oscar cada año, sí, pero muchas veces pierdo el entusiasmo al descubrir lo difícil que es acceder legalmente a ellos.
Por eso, cuando se presentó la oportunidad de asistir a la función de prensa de La Frontera Invisible, no lo dudé.
Agradezco a Mandarina Films por la invitación y, sobre todo, la presencia de la directora Mariana Flores Villalba, quien compartió generosamente su mirada.
La Frontera Invisible está filmado en la Isla Socorro, parte del Archipiélago de Revillagigedo en el Océano Pacífico. Es una zona remota, de acceso restringido y declarada patrimonio natural de México. Las tomas amplias permiten sentir el viento, vislumbrar la inmensidad del océano y casi caminar junto a quienes lo habitan. Un lugar protegido por las fuerzas armadas y, al mismo tiempo, olvidado. El documental se convierte así en un reflejo de la desidia institucional y del abandono que enfrentan incluso quienes vigilan nuestros rincones más preciados.
Por primera vez, alguien ajeno a las fuerzas armadas tuvo acceso a filmar y entrevistar a los marinos que viven en la isla. Este hecho, por sí solo, otorga un valor inédito a la cinta. Nos permite conocer una realidad que permanece oculta para la mayoría de los ciudadanos.
Recomiendo ver este documental en salas de cine. No sólo por lo impresionante del paisaje y la experiencia inmersiva, sino porque lo que sucede en la isla debe conocerse: es territorio de todos y merece protección, no olvido.
Según Flores Villalba, el título La Frontera Invisible alude no sólo a las fronteras físicas que pasan desapercibidas, sino también a las fronteras intangibles entre la paz y la violencia. Son líneas difusas, dinámicas, que suelen ignorarse… a menos que alguien las señale con mirada crítica y sensible, como lo hace este documental.
Uno de sus mayores logros es la humanización de los marinos que ahí habitan. Conocemos sus inquietudes, sus deseos, sus familias, su vulnerabilidad. Podemos identificarnos con ellos, incluso si —como en mi caso— nunca hemos sentido interés por la vida castrense en nuestro país.
Si buscas algo distinto al circuito comercial, algo que te haga repensar el país que habitamos y sus múltiples fronteras (visibles e invisibles), La Frontera Invisible es una excelente opción. Es una cinta que deja preguntas, pero también promueve la empatía y el entendimiento. Porque hacer un documental sobre otras personas es, ante todo, un ejercicio de delicadeza y responsabilidad.
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