Cine Reviews | El Contador 2

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23 de abril, 2025

Ben Affleck es uno de esos actores que ha recorrido un camino raro, lleno de altos, bajos, y decisiones cuestionables que de alguna forma, con el tiempo, terminaron teniendo sentido. Yo lo tengo muy presente desde Pearl Harbor, cuando era ese galán de blockbuster diseñado para romper taquillas y corazones en la misma proporción. Pero el tiempo pasó, los músculos crecieron, los papeles se endurecieron y el tipo se fue forjando una carrera que, aunque con tropiezos, ha terminado por encontrar su lugar en personajes rotos, silenciosos y peligrosamente humanos. Uno de los mejores ejemplos es Christian Wolff, el protagonista de El Contador, que ahora regresa en una secuela que nadie pidió pero que, honestamente, se agradece.

Antes de continuar con esta reseña, quisiera agradecer a Warner Bros Pictures México por la invitación al equipo de Frames a la función de medios.

Desde los primeros minutos, Ben no necesita hablar mucho para generar conexión. Su presencia se siente, pesa. Hay algo magnético en cómo se mueve, cómo observa, cómo responde sin responder. Y lo mejor de todo es que no está solo. A su lado, llega Jon Bernthal —el Punisher, el hermano perdido, el caos con brazos— y lo que se arma entre ellos no es solo una dupla, es una bomba emocional lista para estallar.

Bernthal tiene esa energía que no puedes ignorar. Es pura tensión, pura herida abierta que camina y golpea. Aquí no es solo el hermano violento, es el espejo distorsionado de Christian Wolff: uno reprime todo y se aísla, el otro grita con los puños porque no sabe hacer otra cosa. Y juntos, crean una dinámica brutal. No es amor fraternal clásico, es algo más salvaje, más real. Como esos vínculos que nacen del dolor compartido y del hecho de que, a pesar de todo, la sangre pesa.

La película no se complica con adornos innecesarios. Sabe que su fuerza está en estos dos personajes, en su pasado, y en lo que están dispuestos a hacer el uno por el otro. La acción, como en la primera, es precisa, quirúrgica. No hay florituras ni cámara lenta gratuita. Cada disparo, cada pelea, cada mirada, está cargada de intención. Y eso la hace más intensa, más humana. No estás viendo superhéroes: estás viendo a dos hombres dañados tratando de sobrevivir en un mundo que no perdona.

Affleck conecta porque no actúa como si estuviera actuando. Está tan metido en el papel que se vuelve creíble, cercano. Y eso es algo que pocos logran. No necesita caerle bien a todos: necesita ser real. Y lo logra. Jon Bernthal, por su parte, confirma que es el tipo de actor que convierte cualquier papel en una descarga eléctrica. Cada vez que aparece, uno sabe que algo va a pasar. Y lo agradeces.

¿Lo malo? Sí. Primero, el villano sigue estando hecho con plantilla. Una presencia sin alma que solo sirve como excusa para que los verdaderos conflictos —los internos— salgan a flote. Pero lo más molesto, lo que ya empieza a dar pena ajena, es que una vez más agarran a México como el basurero narrativo por excelencia: narco, trata de personas, corrupción… el paquete completo. No hay matices, no hay contexto, solo clichés. Y aunque ya estamos acostumbrados, no deja de ser ofensivo. México no puede seguir siendo solo “el infierno al sur del muro” en las películas gringas. Ya basta.

Pero a pesar de eso, El Contador 2 no pierde su esencia. No se trata del villano, ni del setting, sino de dos hermanos intentando no destruirse el uno al otro mientras destruyen todo lo demás. Y esa historia, contada con esta intensidad, vale la pena.

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Dios Gokú

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