Cine Reviews | Parthenope, Los Amores De Nápoles

27 de marzo, 2025
Paolo Sorrentino, director de La Gran Belleza, regresa con Parthenope: un retrato de Nápoles tan deslumbrante visualmente como confuso narrativamente. Si los Oscars premiaran paisajes, esta película barrería todas las categorías. Pero en cuanto a sustancia, queda debiendo el postre.
Antes de continuar con la reseña, el equipo de Frames agradece a Cine Canibal por habernos permitido ver la película en función de prensa antes de su estreno.
La historia sigue a Parthenope (nombre que evoca a la sirena fundadora de Nápoles), una mujer nacida en las aguas del Mediterráneo que encarna la dualidad de la ciudad: belleza clásica y caos moderno, erotismo y mortalidad. A través de sus encuentros —un escritor alcohólico (Gary Oldman), un cardenal cínico, un amante que le revela los secretos sórdidos de la ciudad—, Sorrentino teje un mosaico de reflexiones sobre el deseo, la fugacidad de la juventud y la identidad.
El problema no es la ambición temática, sino su ejecución. La trama avanza mediante viñetas desconectadas: una fiesta en Capri aquí, un paseo por callejones decadentes allá, todo interrumpido por primeros planos de íconos religiosos o esculturas barrocas que, aunque hermosos, funcionan como spoilers de que la profundidad será solo estética.
Me gustaría presentarles a los protagonistas de la película:
Celeste Dalla Porta (Parthenope): Interpreta a la (guapísima) protagonista con una melancolía etérea, pero el guion la reduce a un símbolo ambulante. Sus diálogos —frases como «El sexo es el funeral del deseo»— suenan a aforismos de taza de café, no a revelaciones orgánicas.
Gary Oldman: Aparece brevemente como John Cheever, un escritor ebrio que deambula por escenas recitando máximas crípticas. Oldman actúa como si estuviera en otra película (quizá una mejor), y su presencia —aunque intrigante— se siente tan ajena como su inglés en un filme italiano.
Stefano Accorsi (Roberto): Como el cicerone que muestra a Parthenope el lado oscuro de Nápoles, aporta la única chispa de humanidad en un elenco más interesado en posar que en actuar.
El resto del reparto oscila entre la sobreactuación (el cardenal interpretado por Peppe Lanzetta, con su monólogo en ropa interior) y la pasividad que muestran algunos extras en ciertas escenas.


Diseño de producción: Cuando Nápoles roba el protagónico
Me gustaría tocar los puntos en donde más brilla la película:
Escenarios: Desde villas opulentas en Capri hasta mercados callejeros donde la luz filtra como en un cuadro de Caravaggio, cada locación es un personaje. La secuencia de la fiesta dorada —con invitados bañados en luz cálida y vestidos como dioses decadentes— es un clip digno de museo.
Vestuario: Los trajes oscilan entre la elegancia atemporal (Parthenope en vestidos fluidos que parecen esculpidos por el viento) y lo grotesco deliberado (el cardenal con joyas de San Gennaro sobre piel desnuda).
Fotografía: Daria D’Antonio, la directora de fotografía, convierte hasta una escena de dos personas fumando en un cuadro viviente. Los contraluces, los juegos de sombras en los callejones y los planos aéreos de la costa son una clase magistral de cómo enamorar una cámara.
La película tropieza cuando intenta vincular su imaginería visual con su discurso. Las referencias a mitos clásicos (Venus, sirenas) y los símbolos religiosos (crucifijos, cardenales) se acumulan sin cohesión, como si Sorrentino hubiera lanzado un diccionario de iconografía a la pantalla y esperado que el público lo descifrara. La banda sonora, un pastiche de jazz, rumores abstractos y coros sacros, refuerza la sensación de caos disfrazado de profundidad.
El mayor pecado, sin embargo, es la autocomplacencia. Sorrentino repite su fórmula —personajes hermosos hablando poco, paisajes que susurran «esto es arte»— sin la frescura que hizo de La Gran Belleza un fenómeno. Es como si el director, ante la pregunta «¿Qué es Nápoles?», respondiera con un álbum de fotos en lugar de una historia.
¿Para quién es esta película?
Parthenope fascinará a amantes del cine como experiencia sensorial. Cada frame es una obra de arte, y hay secuencias (el ritual de primavera, el diálogo en el yate al atardecer) que justifican sola la entrada. Pero si buscas narrativa sólida o personajes con los que conectar, te sentirás como un turista perdido en un museo: impresionado por el mármol, pero hambriento de alma.
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Zacek