Cine Reviews | La Maldición de Sayuri

27 de febrero, 2025
Hoy en día, las películas de terror ya no generan el mismo impacto que hace algunos años. No es que sean malas, sino que estamos tan expuestos a este tipo de contenido que es difícil encontrar algo que realmente nos sacuda. Sin embargo, de vez en cuando aparece una joya oculta que logra sorprendernos y recordarnos por qué amamos el género.
La Maldición de Sayuri nos transporta a esa sensación tan familiar: estás solo en casa, todo parece tranquilo, pero de repente escuchas un ruido que te hiela la sangre. Tu mente salta a lo peor: ¿será un fantasma, un intruso, algo peligroso? La desesperación te hace considerar rezar, aunque nunca lo hagas. Con el corazón latiendo a mil, decides asomarte… solo para descubrir que era el perro moviendo algo. Sueltas una risa nerviosa, sintiéndote un poco tonto por haberte asustado tanto.
Antes de continuar con la reseña, quiero agradecer a Más que Cine, Cinépolis y Konichiwa Festival por la invitación.
A simple vista, la premisa de La Maldición de Sayuri parece convencional. Incluso los pósters y el tráiler te preparan para algo que crees conocer. Pero la película tiene otros planes. Desde el primer momento en que la familia pisa la casa, algo se siente fuera de lugar. Hay demasiada felicidad en sus rostros, demasiada emoción, como si no supieran que la sombra del destino ya se cierne sobre ellos.
House of Sayuri no tarda en envolverte en una inquietante sensación de que algo está a punto de romperse. Norio (Ryôka Minamide), el hijo adolescente, es el primero en notarlo. Se refleja en su mirada cuando las luces parpadean sin razón, en la forma en que se estremece ante un sonido donde no debería haber nada. Y cuando finalmente ella aparece, Sayuri, el corazón te da un vuelco. Porque no es solo un fantasma: es una presencia llena de ira y un dolor tan profundo que traspasa la pantalla. En ese momento, la casa deja de ser un hogar y se convierte en una trampa mortal.
La primera mitad de la película se siente como un descenso sin frenos hacia el horror. Los elementos clásicos están ahí: sombras en el pasillo, puertas que se cierran solas, susurros que te erizan la piel. Pero Shiraishi logra que todo se sienta fresco y real, como si tú también estuvieras atrapado en esa casa. La tensión se construye de manera sofocante, observas cómo el miedo consume a la familia y la desesperación los lleva a decisiones que solo los hunden más en la pesadilla. Justo cuando crees que el terror no puede ir más lejos, cuando parece que no hay escapatoria…
Todo cambia.
Como un latigazo inesperado, la película da un giro que te saca de balance. Lo que parecía una historia de horror tradicional se transforma en algo completamente distinto: una venganza insólita donde el terror y la comedia colisionan. Tai chi, insultos, un mentor que no viste venir… y, sorprendentemente, todo encaja. No es la primera vez que Shiraishi juega con esta fusión –lo intentó en Sadako vs. Kayako– pero aquí logra un equilibrio que antes parecía imposible. No se trata de restarle importancia al horror, sino de darle una nueva dimensión. Y ahí es cuando entiendes que la risa no es solo un alivio momentáneo: es un arma, la única forma en que los personajes pueden enfrentar lo inevitable.
Fue en este punto cuando me di cuenta de algo: esta historia me recordaba a muchos animes. Y es aquí donde debo admitir mi culpa, pues no sabía que la película es una adaptación. De pronto, todo cobró más sentido. La forma en que se desarrolla la historia y su estructura narrativa encajaban perfectamente con lo que esperarías de un anime de este género. Este descubrimiento le dio un plus a mi experiencia, porque en lugar de buscarle lógica a ciertos giros, empecé a disfrutarlos bajo una nueva perspectiva.
No entraré en detalles sobre la mejor parte de la película –esa que, para mí, marca la cúspide de la historia– porque merece ser descubierta sin spoilers. Pero una cosa es segura: cuando terminas House of Sayuri, te quedas con una sensación extraña, una mezcla de adrenalina y reflexión. Te hace pensar en cómo la vida y la muerte se entrelazan, en cómo el miedo y la risa pueden ser dos caras de la misma moneda. Y cuando los créditos empiezan a rodar, te das cuenta de que no solo viste una película de terror, sino que fuiste testigo de una experiencia que desafía las reglas del género y que, sin duda, permanecerá contigo mucho después de que las luces se enciendan.
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Dios Gokú.